jueves, 20 de septiembre de 2012

La leyenda del río Lurvia

Después de unos meses sabáticos, mi amigo y colaborador en este blog, Óscar Morcillo, vuelve a la carga con un excepcional relato. Dedicadle unos minutos, vale la pena:

La leyenda del río Lurvia


La blanca autocaravana serpenteaba colina arriba siguiendo la infinita línea de asfalto que desaparecía en cada curva y volvía a reaparecer al instante siguiente. En cierto modo parecía no llevar a ninguna parte. Su recorrido era sinuoso, aunque a sus cuatro ocupantes parecía no importarles, a juzgar por las expresiones de sus rostros, que reflejaban cierta luminosidad en clara contraposición con el color plomizo del cielo. En especial a uno de ellos, para quien aquel viaje no era una simple escapada de unos días, sino más bien una aventura en una tierra lejana y desconocida que, a buen seguro, iba a perdurar en un rincón de su memoria hasta el fin de sus días. A su edad poseía esa ingenuidad infantil que permite ver solo la parte positiva de la vida y que después, poco a poco, se va perdiendo al mismo ritmo que aparecen los temidos michelines y se forman claros en el cogote.

El verano se hallaba en su etapa inicial. Las vacaciones escolares habían comenzado dos semanas antes. La rigidez de la rutina había dado paso a una flexibilidad horaria de la que también eran partícipes los otros tres pasajeros, dos de los cuales formaban un matrimonio modelo: jóvenes, bien situados profesionalmente, con dos hijos fruto de una relación estable y un adosado de color crema en una urbanización privada. En su caso, el hecho de haber tenido familia a una edad relativamente temprana, no había provocado desavenencias de pareja, sino que por el contrario, había fortalecido los lazos de una unión que algunos miembros de ambas familias tildaron en su momento de precipitada y poco meditada. Los padres de ella, en cuanto fueron conocedores de los planes de boda, vaticinaron (en círculos muy íntimos, eso sí) una relación abocada al desastre. Sin embargo, el tiempo fue pasando y sus previsiones fallaron estrepitosamente. Y no solo eso, sino que además se convirtieron en abuelos por partida doble, primero de un muchachito y cuatro años después, de una preciosa niña.

Adrián era la clase de muchacho que estaba metido siempre en líos, lo cual no quiere decir que fuera el responsable de que se produjeran, sino más bien que unas veces directamente y otras muy a su pesar, aparecía involucrado en casi todas las disputas, peleas y problemas que acontecían entre los alumnos de su curso. Su aspecto físico, delgado y atlético, era una baza a su favor, a la que recurría con frecuencia si la situación así lo requería. A la hora de repartir mamporros, siempre tenía los puños preparados, aunque nunca se había empleado a fondo contra nadie, sabedor de su amplia ventaja física. Casi siempre le bastaba con un gesto amenazador para que sus rivales se lo pensaran dos veces y rehuyeran el enfrentamiento directo. Se había ganado entre sus compañeros el apodo de “Rocky” debido fundamentalmente a dos motivos. El primero era su aspecto, que recordaba al de un boxeador de peso ligero, ágil y escurridizo. El segundo eran sus conocimientos pugilísticos, adquiridos a base de haber visto películas como Toro salvaje, Cinderella man o la mítica saga protagonizada por Sylvester Stallone.

-¿Falta poco? Quiero llegar yaaa- la vocecita aguda y estridente de Susana no había cesado de repetir la misma insistente frase una y otra vez desde poco rato después de haber iniciado el viaje. A sus seis años era incapaz de albergar una mínima cantidad de ese elemento tan preciado llamado paciencia.
-Cállate ya, enana, eres insoportable. Me duele la cabeza de oirte.
-No soy una enana. Soy una niña- protestó ella-. Y tú eres un fanfarrón. Lo dicen tus compañeros.
Su hermano cerró el puño derecho, acariciándolo despacio con su otra mano. Le encantaba jugar con la gestualidad para dar una carga dramática a sus frases.
-Chicos, por favor. Estamos de vacaciones. No quiero peleas, ¿de acuerdo?- sin dejar de prestar atención a la carretera, el padre cortó de raiz la intervención del muchacho con una señal de su dedo índice.
La madre despeinó cariñosamente la coronilla de ambos hermanos al mismo tiempo.
-Eh, vamos, no distraigais al conductor.
Susana sacó la lengua en dirección a Adrián y cogiendo de nuevo el diminuto peine rosa, volvió a ocuparse del cabello de su muñeca mientras que su hermano, visiblemente molesto, desvió su mirada hacia el exterior, a través de la ventanilla. Echó una bocanada de vaho sobre el cristal y se puso a garabatear distraídamente con el dedo.

-Cariño, me temo que en una hora habrá anochecido. Habrá que buscar un lugar para pasar la noche.
-Ya lo tenía previsto-. Él señaló un diminuto punto en el GPS-¿Ves este círculo rojo? Es nuestro destino. Si continúo conduciendo un par de horas más, podríamos parar a unos ciento cincuenta kilómetros del cámping. Después del desayuno nos ponemos de nuevo en ruta y en una hora y media estaríamos allí.
Ella se aproximó por detrás del asiento, acariciándole con suavidad la sien, junto a la cual ya comenzaban a florecer algunas canas apenas imperceptibles.
-Llevas conduciendo casi todo el día. ¿Por qué no nos detenemos en cualquier lado y descansamos? Sabes que si pudiera te daría el relevo- dijo, mirando la aparatosa venda que envolvía su tobillo y talón derechos.
Tras meditarlo con un breve canturreo (en la radio sonaba una pegajosa melodía de los años ochenta), asintió lentamente con la cabeza.
-Me has convencido, cariño. Buscaré un sitio adecuado.

Unos cinco kilómetros más adelante, la carretera llegaba al puerto situado en la parte transitada más alta de la montaña. Y otros doce kilómetros después, tras un rápido descenso, la vía se ensanchaba de nuevo hasta formar dos carriles delimitados por una línea continua con un arcén lo suficientemente ancho como para permitir el paso de vehículos de pequeña cilindrada. El sol comenzaba a juguetear con la línea del horizonte. Al final de una larga recta de casi un kilómetro, el paisaje montañoso y gris daba paso a otro más llano y verdoso, poblado de chopos y encinas a ambos lados de la carretera. El tortuoso trazado pasaba a ser más uniforme y el número de curvas descendía al mismo tiempo que la temperatura comenzaba a ser ligeramente más fresca y húmeda.

-Iré preparando unos bocadillos y unos sandwiches para la cena-. La madre se levantó del asiento del copiloto, dirigiéndose a la parte trasera.

Una pareja de jóvenes excursionistas caminaba en dirección contraria a la caravana por el arcén izquierdo. Iban pertrechados con chalecos reflectantes y grandes mochilas de color caqui. El conductor detuvo lentamente el vehículo hasta quedar a su altura.

-Buenas tardes. Disculpad, estamos buscando una zona de descanso o un pequeño descampado donde poder pasar la noche.
El chico, pensativo, se llevó una mano a la cabeza.
-Oh, pues... sí. Un poco más adelante, justo al cruzar el puente del río Lurvia hay un claro junto a la orilla donde...aunque no sé si deberían- bajó la vista y titubeó por un instante-. Lo digo por las historias que cuentan acerca del accidente.
La chica que le acompañaba le propinó un pequeño codazo en el costado que no pasó inadvertido para el conductor. Éste afirmó:
-La verdad es que venimos de bastante lejos y no conocemos la región. Tampoco hemos oído hablar estos días de ningún accidente.
La joven dudó por un momento pero después tomó la palabra.
-Bueno, en realidad sucedió hace unos treinta años y se convirtió, por desgracia, en un suceso tristemente famoso. Vinieron periodistas de todo el país, tal y como me han contado, ya que nosotros ni siquiera habíamos nacido por aquel entonces- dijo, sin poder evitar cierto rubor.
El conductor enarcó ambas cejas.
-Pues la verdad es que no conozco la historia. ¿Qué ocurrió?
-Eran niños de un colegio de Veganilla, un pueblo que está cerca de aquí. Los llevaban de excursión a la ciudad. Pero cuando el autobús tomó la curva de entrada al puente, el vehículo perdió el control y se empotró contra el muro de protección, dando una vuelta de campana y precipitándose al río. Murieron catorce escolares. Todos ellos tenían entre seis y ocho años. Realmente nadie sabe el motivo que provocó la tragedia. Unos dicen que fue una distracción del conductor, que iba bebido. Otros que la carretera no estaba en condiciones, pues no era el primer accidente que se producía en ese mismo punto. Lo cierto es que...- bajó la cabeza y miró hacia el suelo en un gesto contenido.
-Qué historia más terrible.
-...no pudieron recuperar ningún cuerpo. Cuentan que los miembros del equipo de submarinistas de la Guardia Civil, cuando salían a la superficie, cubiertos de lodo, con el rostro pálido como la nieve y la mirada perdida, comentaban con voz temblorosa que nunca habían trabajado en circunstancias tan adversas.
La mujer del conductor, que aunque un poco más alejada, había permanecido atenta a la conversación, se aproximó a su marido. Agachando la cabeza para hacerse visible a los excursionistas a través del hueco de la ventanilla, les dijo:
-Antes habéis mencionado que se cuentan historias acerca del accidente. ¿Qué clase de historias?
El chico desvió de nuevo la mirada hacia el suelo mientras hablaba.
-Bueno, son historias tenebrosas y oscuras a las que no hacemos demasiado caso los jóvenes de por aquí. Las consideramos más bien “cuentos de viejos”-. Su rostro dibujó una mezcla de mueca y de media sonrisa que, sin embargo, provocó un pequeño escalofrío en la mujer-. Hay personas que aseguran haber oído sollozar a niños en las proximidades y, ¿saben una cosa? Es curioso, pero no hay casas habitadas en varios kilómetros a la redonda-. Esta última frase la dijo bajando el tono de voz, como si temiera ser oído por alguien. Observó durante unos segundos a sus interlocutores para ver la expresión de sus rostros. Después, dio por zanjada la conversación. -Bueno, si no les importa, vamos a continuar con nuestro camino. Hemos quedado con unos amigos para acampar antes de que anochezca y todavía nos queda un pequeño trecho. Siento mucho haberles informado de tan triste suceso.
Tras agradecerles la información, el matrimonio se despidió de forma cortés y prosiguió su ruta. Después de tomar un par de curvas a derecha y tres más a izquierda, divisaron el puente. Frente a él, un letrero oxidado rezaba el nombre del río Lurvia.
El conductor detuvo el vehículo justo en la entrada al puente. El cauce era abundante, sobre todo para la época del año en que estaban. Miró a través de la luneta del parabrisas observando cómo la fuerza de la corriente formaba a un lado del puente un remolino de tamaño considerable. La noche comenzaba a despertar y, con ella, una fina neblina que parecía surgir del mismo río, extendía lentamente su manto. Después de dudar un segundo, colocó la primera marcha y aceleró para cruzar al otro lado del puente.
Oyó la voz de ella y le pareció muy lejana, aunque en realidad estaba a escasos pasos por detrás de él:
-¿Cuánto tiempo llevamos casados?- preguntó su esposa. Su voz sonaba como por debajo del agua. De la parte trasera de la caravana, donde estaban los hermanos, provenía un ruido de pequeños objetos de plástico cayendo al suelo. Recuperando la consciencia de la realidad, le respondió.
-¿Por qué me haces esa pregunta cuando sabes tan bien como yo que dentro de poco celebraremos quince años de matrimonio?
-Además estuvimos de novios casi cinco años, ¿verdad?- dijo continuando con el interrogatorio.
-¿A dónde quieres llegar?- preguntó él, visiblemente intrigado.
-A veces creo que no nos conocemos verdaderamente. Veinte años juntos...y ni siquiera sé si crees en historias de fantasmas.
Él le devolvió una mirada escéptica y, aunque estuvo a punto de soltarle una pequeña reprimenda, decidió dejarlo para otra ocasión. Al fin y al cabo, estaban de vacaciones y pensó que no valía la pena estropear el único período de tiempo prolongado que podían pasar juntos.


La caravana cruzó el puente y al salir de él, a mano derecha, tomó un pequeño sendero en desnivel que, un poco más adelante, a su vez daba acceso a un amplio terraplén que extendía sus límites hasta el mismo margen del río. El conductor maniobró girando de tal forma que, una vez hubo aparcado, el río quedaba a su izquierda y la senda frente a ellos. A la derecha, un grupo de pinos y algún chopo esparcido entre aquellos observaban en silencio a los recién llegados.
En cuanto se detuvo el ronroneo del motor, Susana, alborotada, creyendo haber llegado a su destino, saltó por la puerta lateral, comenzando a brincar y entonando alegremente una canción infantil que había aprendido el mes anterior en el colegio. Su hermano, dando muestras de un entusiasmo contenido, echó un vistazo a su teléfono móvil y esbozó una sonrisa satisfactoria.
-Al menos, hay cobertura.
Su madre, siempre vigilante, se encargó de recordarle las normas.
-Jovencito, nada de llamadas si no es absolutamente necesario. O de lo contrario tendré que descontar de tu asignación parte de la factura telefónica.
El muchacho le dedicó un gesto descortés que pasó inadvertido para ella, pero no para el padre que, negando con la cabeza, decidió pasarlo por alto, al menos por esta vez.

Aquella noche decidieron cenar en el exterior, a la luz de la luna llena, así que montaron la pequeña mesita plegable y sobre ella desembarcaron una flota de sandwiches de paté, sobrasada y queso, y un par de platos de embutidos variados cortados en pequeñas rodajas, todo ello acompañado de aceitunas, pepinillos y frutos secos. Un viento fresco agitaba débilmente un grupo de cañas que crecía en la misma orilla. El suave rumor de la corriente del río dotaba al paraje de una tranquilidad irritante. Ni siquiera el rugido de ningún motor había osado quebrantar aquella pasmosa quietud rural, pues desde que habían llegado, la carretera no había sido transitada por vehículo alguno.

Adrián cogió la pequeña linterna y la navaja suiza que dos meses antes le había regalado su padre con motivo de la acampada de fin de curso y se aproximó a las cañas, seguido de cerca por su hermana, con ánimo de explorar el paraje. Su madre, que en ocasiones pecaba de una sobreprotección injustificada, les advirtió que no se alejaran demasiado de la caravana.
El muchacho alumbraba al suelo mientras caminaba hacia la orilla. Susana seguía sus pasos a corta distancia. Entusiasmado, señaló un punto con su índice izquierdo.
-Mira, un ciempiés. Y allí se ve un escarabajo pelotero-. Entusiasmado, seguía con el foco de la linterna cualquier atisbo de vida animal. -Y esas son hormigas rojas. Vamos hacia la orilla a ver si hay alguna charca y con suerte podemos encontrar sapos o ranas.
El ruido de la corriente crecía a medida que los dos hermanos se aproximaban a su destino. Como la búsqueda de batracios resultó infructuosa, Adrián pronto volcó su atención en otro pasatiempo más propio de los chicos de su edad: lanzar piedras al agua. Fijó su atención en un guijarro plano y perfectamente redondo que había a sus pies y, asiéndolo con firmeza con la mano derecha, retó a su hermana a ver quién lo lanzaba más lejos. El guijarro dibujó un perfecto arco sobre el agua, a la mortecina luz de la luna y se hundió acto seguido a unos veinte metros de donde se encontraban.
-Ahí va, yo no voy a llegar- dijo Susana con admirado asombro. Efectivamente, su piedra no llegó ni de lejos a las proximidades del lanzamiento de su hermano, sino que se desvió pronunciadamente a la derecha y cayó a escasos metros de la fangosa orilla. Una vez se hubo cerciorado de la sospecha de que su rival no estaba a la altura, Adrián perdió interés en el juego y se dedicó a intentar superar sus propios lanzamientos, aunque cada vez más cansado, estos iban alcanzando una distancia progresivamente menor.
La pálida luz de la luna fue el único testigo del incesante gorgoteo de burbujas que comenzaron a asomar a la superficie del río, muy cerca del lugar donde había caído la primera piedra.

Aquella madrugada, el silencio se vio roto por el grito agudo de una niña.
Los pasos apagados que siguieron a continuación murieron junto a la litera de Susana, que era consolada por su madre. Entre sollozos, la pequeña afirmaba que en sueños, un niño llamado Carlos, le había advertido que estaban en serio peligro. Después, ese mismo niño le había confesado que tenía miedo. Le había dicho que llevaba mucho tiempo habitando en un lugar muy frío, entre tinieblas, en el que solo oía lamentos y sollozos y que echaba de menos a sus padres, a los que vio por última vez aquel día en el que, ilusionado, subía por primera vez a un autobús.

La madre, tras escuchar la breve historia, la abrazó de forma comprensiva, secando sus lágrimas suavemente con la palma de la mano e invitándola a dormir en su cama junto a ellos.

Esa misma noche, se oyeron unos ruidos en el exterior, como si varias personas golpearan al unísono el lateral de la caravana. Al principio eran golpes débiles y sonaban de uno en uno, aunque paulatinamente fueron cobrando más fuerza e intensidad. Poco a poco, el vehículo comenzó a temblar ante el asombro y la preocupación de sus ocupantes. Los dos hermanos se acurrucaron con sus padres.
-Papá, mamá. Tengo miedo- acertó a decir Susana, apretándoles con toda la fuerza que sus brazos le permitían.
Un hedor repugnante, como a desagüe, se fue colando en el interior del habitáculo, provocándoles fuertes náuseas. Finalmente, el ruido cesó. La tranquilidad y el silencio se volvió a adueñar paulatinamente de la caravana y, un buen rato después, el cansancio se apoderó de todos ellos.

A la mañana siguiente, mientras los dos niños permanecían profundamente dormidos, el matrimonio se levantó y decidieron salir al exterior, no sin antes haberlo discutido acaloradamente.
No vieron a nadie ni tampoco hallaron rastro alguno de presencia humana. Una expresión de sorpresa apareció en sus rostros en el momento en que se volvieron hacia el vehículo y contemplaron cómo las paredes de la caravana habían pasado, del blanco mate del día anterior, a estar parcialmente embadurnadas con una especie de sustancia terrosa de color ocre. Al examinar con detenimiento aquellas manchas, una mueca de horror se dibujó en sus fatigados rostros. Esparcidas por toda la superficie metálica, a una altura de poco más de un metro, se dibujaban claramente las siluetas fangosas de un par de docenas de pequeñas manos.

Óscar Morcillo


17 comentarios:

  1. Qué miedo!!! pobres niños que salen a dejar su triste huella, qué penita, es una pasada de relato, me ha encantado Oscar, eres un extraordinario escritor y de paso cuenta-cuentos jejeje
    Juanjo gracias por deleitarnos con este fantasmagórico relato.
    Un abrazo a los dos y lindo fin de semana, es que mañana no estaré, voy de boda!!!

    ResponderEliminar
  2. Juanjo, como engancha el relato, al final se me hizo corto y todo..un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Juanjo, como engancha el relato, al final se me hizo corto y todo..un saludo.

    ResponderEliminar
  4. Guahh, que desde que se le aparece Carlos a Susana, hasta las manos, me he quedado de un hilo. Un fuerte abrazo, Juanjo

    ResponderEliminar
  5. Muy bien Óscar :-)
    Casi parece el primer capítulo de una novela, o el principio de una serie de misterio...Eso sí que no aparezca la Jennifer Love Hewitt que enseguida se pone de cháchara con los niños y desvela todo :-)
    A lo mejor a esa familia le pueden pasar otras cosas durante las vacaciones... :-)
    Buen trabajo.
    Abrazote

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí. Podría ser un buen filón. A ver si Óscar se anima. Un abrazo.

      Eliminar
  6. Interesante relato, Juanjo. Yo también empiezo una temporada sabática.

    ResponderEliminar
  7. Desde luego que merece la pena dedicarle unos minutos a su lectura ¡¡me ha encantado!! Mi más sincera felicitación para su autor, Oscar. ojalá pronto vuelva a deleitarnos con sus letras, que nos tiene atrapados a todos.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  8. Excelente relato que mantiene la intriga hasta el final.

    Saludos.

    ResponderEliminar