miércoles 14 de marzo de 2012

domingo 26 de febrero de 2012

Libertad controlada

Estoy en el suelo. No recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Oigo voces cercanas lanzándome advertencias de manera poco amistosa. Oigo insultos, oigo gritos. Todo está muy confuso. A pesar de que tengo la visión ligeramente nublada, percibo que hay mucha gente a mi alrededor. La mayoría corren de un lado para otro sin aparente orden. Otros están quietos, de pie. Algunos pocos están sentados junto a mí, formando un círculo. Me fijo en ellos. ¡Pero si son compañeros del instituto! Reconozco, entre otros, a Esteban, a Carmen. Me miran, pero están serios. Me preguntan si estoy bien. Intento levantarme, pero alguien uniformado con guantes en las manos me lo impide. Me propina un empujón que hace que mi rabadilla golpee contra el duro asfalto. Dolorido, decido permanecer quieto. Ahora que he intentado moverme, noto como mi brazo derecho y mis costillas están magullados. La cabeza me duele. Algo líquido se escurre sobre mi ceja derecha y gotea sobre mi pómulo. Como había imaginado, es sangre. Tengo una brecha en el cráneo. Muestro mi mano manchada de rojo a los.....policías, sí, son policías antidisturbios, provistos de cascos y armados con porras, que se encuentran a escasos metros de donde nos mantienen inmovilizados. Uno de ellos me amenaza levantando su arma para que no me mueva. Le insulto, por un instante dejo brotar mi rabia. Maldigo su sombra, me cago en él y le vuelvo a mostrar mi ensangrentada mano.

A mi izquierda, a unos escasos veinte metros, un grupo de cinco o seis antidisturbios empujan sin contemplaciones a unos transeúntes que pasaban por allí. A una señora un poco gruesa la acaban de tirar contra la acera. Los que la acompañaban recriminan su actitud a los agentes que les contemplan impasibles. Uno de ellos, en un atisbo de sentido común y percatándose de la gravedad de la situación, ayuda a la mujer a incorporarse y la invita a que se marche de allí con un gesto. 

En el otro extremo de la plaza, una docena de policías cargan sin contemplaciones contra unos cuantos estudiantes con rastas y aspecto desaliñado. Les llueven palos por todos lados. Nadie les ha provocado ni les ha agredido para que reaccionen así.
A nuestra derecha, aparcado junto a unos contenedores, hay un furgón con los distintivos de la Policía Nacional. Varios chavales son conducidos hacia él, la mayoría menores que yo y después son obligados a entrar a empujones, ya que alguno se resiste entre lloros y gritos. “¡Llama a mi madre!¡Llámala!”.


¿Por qué me han agredido estos salvajes? Recuerdo que les dije que estaban obligados a mostrar su número de identificación. Acto seguido me propinaron diversos golpes.


Empiezo a recordar. Ayer por la tarde recibí un whatsap de Fran. Me explicaba que muchos compañeros habían quedado hoy después de las clases delante del instituto para protestar contra los recortes en materia de educación y me preguntaba si me gustaría acompañarles. Lo que ninguno de nosotros nos imaginábamos era que íbamos a ser reprimidos tan duramente por las fuerzas del orden por el delito de manifestarnos pacíficamente con nuestras mochilas y por algo tan básico como es un derecho reconocido en la Constitución.

No comprendo nada. Este país se está volviendo loco. Los delincuentes son tratados de forma parcial por la justicia y las personas decentes, como criminales. Soy joven todavía, pero ya empiezo a cuestionarme seriamente el funcionamiento de esta democracia en la que vivimos.

(Es evidente que solo se trata de un microrelato pero perfectamente podría haber sido el testimonio de una de las muchas personas que fue agredida por las fuerzas del ¿orden? en las manifestaciones de Valencia).

Óscar Morcillo

sábado 18 de febrero de 2012

Amor inmortal


Su gélida mirada, repleta de abismos, se clavó en la mía. En ella pude ver reflejado el rostro de Tánatos, el dios de la muerte. Sin embargo, aunque pudiera parecer irracional, no estaba asustado.

Sentí cómo su ávido aliento penetraba en mis entrañas devorando todo lo que encontraba a su paso. Un frío glacial se apoderó de mi cuerpo haciéndome temblar como una hoja en la brisa.

-¿Estarías dispuesto a entregar tu vida?- susurró de modo casi imperceptible con una mezcla de tristeza y ansiedad. Mi silencio no pareció perturbar su pétrea expresión.

Pero nada me importaba ahora. Me dejé caer en la dulce sima que formaban esos brazos de piel mortecina. Mi único pensamiento eran sus labios esponjosos de color carmesí. Ni siquiera percibí los afilados caninos que se ocultaban tras ellos y que se clavaron con delicadeza en mi lóbulo; después buscaron la parte lateral de mi cuello, cuya piel en aquel momento ya había comenzado a erizarse por el álgido contacto de sus manos que acariciaban rincones ocultos de mi cuerpo. Entonces se hundieron suavemente en la parte más alta de mi hombro, donde éste se une con la nuca. Tuve una sensación vertiginosa, similar a la de una montaña rusa en la bajada más fuerte, al notar, tras la breve incisión, cómo mi sangre manaba hacia ese lugar concreto y cómo abandonaba mi cuerpo para formar parte del de mi silenciosa amada. Creedme si os digo que era del todo imposible resistirse a la tentación de tan morboso deseo. Una insidiosa lujuria se había apoderado de mí sin remisión. Para cuando ella me había levantado con calculada lentitud la camisa de franela que separaba mi piel de sus dedos, mi  alma  había izado ya la bandera blanca y se había  entregado  sin  condiciones.

¿Para qué luchar contra una obsesión tan poderosa? Era más fácil abandonarse, dejar que todo transcurriese por su cauce. La naturaleza es cruel pero sabia. Y generosa. Sorprendentemente generosa. La gacela perece para que el león pueda sobrevivir, es ley de vida. Así ha sido desde el comienzo de los tiempos, todo el mundo lo sabe. Intentar evitarlo es contraproducente y puede crear un desequilibrio a nivel cósmico difícil de restablecer. Dejemos que el mundo gire una vez más y afrontemos la inexorabilidad de la existencia.

Tan pronto como sus dedos comenzaron a explorar mi torso desnudo, una extraña combinación de terror y de placer me invadió. Sentí que mi mente salía disparada, como sacudida por un resorte desconocido, hacia algún lugar lejano en el tiempo y la distancia. En cierto modo, la sensación era similar a lo que los adictos a la heroína llaman “viaje”: el instante en el que te inoculas la sustancia y millones de endorfinas son liberadas de forma masiva por el encéfalo.

Suavemente, sin apenas percibir su gesto, retiró sus colmillos de mi trémula piel con extrema delicadeza. Entonces pude contemplar de nuevo su cara, esos rasgos perfectos y al mismo tiempo frágiles, que contrastaban con la ferocidad de sus movimientos. En su labio inferior, una fina gota de plasma pendía del borde, temblorosa. Sin apartar su mirada, con gesto calculado, su lengua recogió el preciado elemento. Observé que el iris de sus ojos había pasado de un rojo salvaje a un ocre apagado. Su apetito había sido saciado, al menos parcialmente.

A la tenue luz de la madrugada, me di cuenta de que su expresión había cambiado. En ella pude intuir a un ser asustado, inseguro, una criatura que luchaba para sobrevivir a toda costa en un mundo hostil, condenada eternamente a ocultar su verdadera naturaleza por su propia seguridad. Pero también vislumbré una existencia llena de infinita tristeza y soledad, un corazón que imploraba un poco de amor y compañía.

Con voz apagada y melancólica, musitó:
-En cinco siglos me he encontrado, por decirlo de alguna manera, con un número infinito de personas, de todas las clases sociales posibles, de todas las razas que existen. Creyentes, ateos, humildes, orgullosos, señores, siervos. Pero todas ellas tenían en común una característica: el miedo atroz a lo desconocido, un pánico enfermizo a lo oculto, a lo que consideran sobrenatural. Sin embargo, tú... Creo saber el motivo que te impulsa a no demostrar temor alguno, lo cual admiro y encuentro interesante.

Pensé largo tiempo en sus palabras, que llegaban a mis oídos desde lejanos confines. ¿Realmente no sentía miedo ante su presencia? ¿O era más bien una falsa sensación? La respuesta era evidente. Después del primer contacto, el sentimiento que aquel ser despertó en mí no era sino una mezcla de deseo y pasión elevadas a la enésima potencia. Un bajo instinto que se había despertado de un prolongado letargo se estaba haciendo con el control de mis emociones y la sensación inicial de terror había sido disipada por completo.

En mi corta vida ninguna persona me había empujado a sentir ni una milésima parte de lo que estaba sintiendo en aquel momento. Nadie me había abierto los ojos de aquel modo tan desmesurado ni había otorgado un sentido real a mi existencia más allá de creer estar condenado a un errático paso por este mundo. Un fuego comenzaba a arder en mi interior, un fuego que quemaba la parte más profunda de mi alma y se iba abriendo paso hacia fuera.

En aquel mismo instante, sentí cómo el tiempo se escurría entre mis dedos y mi cuerpo se precipitaba hacia un vacío infinito repleto de brillantes estrellas. Cerré mis cansados ojos para disponerme a dormir, confiado en despertarme en una nueva e inmortal existencia junto a mi amada.

Oscar Morcillo

lunes 6 de febrero de 2012

¿Por qué Rajoy quiere hundir TVE?

Se me ocurren muchas respuestas, por ello las enunciaré una a una: 
  1. Sin una TVE fuerte los informativos "públicos" pierden su valor (y su liderazgo) y de todos es sabido que es más fácil manipular los informativos privados (como dicen por aquí "en diners, torrons"). 
  2. Ya tiene bastante con Intereconomía y otras televisiones que le hacen la labor que pudieran hacer "periodistas" como Alfredo Urdaci en TVE.
  3. Es una excusa perfecta para quitarse de enmedio a Ana Pastor. 
  4. Cargarse "Cuéntame cómo pasó" ahora que se acerca al año 82 y la serie empezará a hablar de Felipe González y el gobierno socialista, parece buena idea. 
  5. Cargarse una serie de ficción, aunque sea la favorita de los espectadores y la más vista, parece buena idea cuando su nombre es Águila "roja". 
  6. Lo mismo pasa con la ficción "La República", por algún motivo no le gusta... quizá si se llamase "La dictadura".
  7. Otra opción sería que algunas de las series, como dijo José Mota en Nochevieja se ajustaran el cinturon y pasasen de ser "Águila Roja" a "Gallina blanca", o "Gran reserva" a "Tinto con casera". 
  8. Con tanto retroceso podría volverse al antiguo aspecto de TVE, el que más añora:
  9.  
  10. A menos televisión de calidad (y no digo que todo lo emite TVE sea de calidad, pero sí que emite la mayoría de los programas y series de calidad), más consumo de telebasura por parte de los espectadores, lo cual de alguna forma perjudica el intelecto de la gente, lo cual de alguna forma beneficia a su partido, ya que será menos cuestionado. ¡Que no me entere yo, de que Belén Esteban pasa hambre!
Dejaré de divagar, y no mencionaré los empleados que se van a ir al paro con los recortes en TVE, y me concluiré después de todas estas respuestas, con otra pregunta:

¿Por qué Rajoy no quiere emitir 5 minutos de publicidad por hora para evitar toda esta situación?

lunes 23 de enero de 2012

La educación del futuro

Hola, hoy os dejo un vídeo sobre educación. Vale la pena verlo. No os lo perdáis:


http://youtu.be/E8OqI5rERq4

Además, el blog de Froilán de Lozar, "Curiosón", publicó el otro día un artículo que tuve el gusto de escribir para él. En él cuento la experiencia que estoy adquiriendo este curso en la escuela donde trabajo, una escuela que rompe con todos los patrones que conocía. Os invito a leerlo haciendo clic AQUI.


Saludos.

miércoles 7 de diciembre de 2011

La expedición


La expedición avanzaba con paso firme a través de la espesura de la jungla, donde la vegetación era tan exuberante que apenas dejaba pasar la luz del sol. Atravesando la frondosa maleza, a duras penas unos pocos rayos luminosos llegaban hasta donde estaba el grupo. A la cabeza del mismo, dos cuadrillas de guías limpiadores se turnaban, abriendo camino al resto de forma contundente con sus grandes machetes de afiladísimas hojas y con una buena dosis de destreza. Bejucos, plantas trepadoras, lianas y ramas no eran obstáculo para sus fuertes brazos, acostumbrados desde años atrás a aquella ardua tarea que ejercían con una mecánica precisa, cual robots programados. Unos pocos metros por detrás, los porteadores caminaban pesadamente cargados con los equipos de campamento y los víveres. A continuación, el capitán Brook, seguido de un par de oficiales, encabezaba el grupo de exploradores, compuesto por ellos tres y una compañía de soldados a sus órdenes. También les acompañaban, en calidad científica, un zoólogo, el doctor James Darrell y un botánico, el doctor Francis Melville que, curiosamente, habían estudiado juntos en la universidad de Liverpool. Estos últimos iban cerrando el grupo, ensimismados con los especímenes de flora y fauna que iban encontrando cada cierto tiempo. Tan absortos iban en su tarea que no parecía molestarles ni la pegajosa humedad de la selva, ni los molestos insectos, revoloteando continuamente alrededor de sus rostros con su incesante zumbido.

Francis Melville había nacido en un pueblecito costero del sureste de Inglaterra. Desde temprana edad se había sentido atraído inconscientemente por el mundo de las plantas y de los árboles en general. Sus padres tenían un pequeño jardín en la parte trasera de la casa donde el pequeño Francis, a sus tiernos ocho años, ya cultivaba geranios, petunias y tulipanes, que luego trasplantaba en macetas y regalaba a familiares y amigos. Las paredes de su habitación estaban adornadas con dibujos y láminas de rosas, claveles, amapolas, dalias y demás. Su extraña pasión por el mundo de los vegetales al principio provocó una divertida fascinación en sus padres que, con el tiempo, fue transformándose en preocupación, pues Francis no se relacionaba de una manera normal con el resto de niños de su edad. Su carácter fue cambiando de forma gradual hasta convertirse en un niño huraño, introvertido y con fuertes y constantes cambios de humor. Decidieron consultar con varios médicos, tras lo cual, estos llegaron a la conclusión de que padecía una especie de autismo leve con muy probable tendencia a ir empeorando, por lo que les aconsejaron apoyarle en sus aficiones e intereses, pues esto reforzaría su conexión con el mundo real y evitaría posibles recaídas.  

Cuando Francis se enteró de que se preparaba una expedición para contactar con la tribu perdida de los cazadores de caimanes en la selva venezolana del Amazonas y buscaban biólogos para formar parte del equipo científico, vio ante sí la oportunidad que había estado esperando siempre. Gracias a ciertos contactos de su padre, que había servido como oficial en el ejército, logró que le admitieran.

Ahora estaba a miles de kilómetros de su ciudad natal, en un paraje inhóspito y lleno de peligros, soportando un clima húmedo y caluroso, totalmente opuesto al fresco ambiente de su comarca, pero indudablemente dichoso.

-Doctor Melville, le presento a la rana velluda, de la que supongo habrá oído hablar- dijo el doctor Darrell, mientras sostenía un pequeño batracio en la palma de su mano izquierda-. Es la única de su especie que tiene pelo, aunque en realidad se trata de una especie de vello finísimo que le crece en la parte superior de la cabeza y que es casi inapreciable para el ojo humano- sentenció, mientras acariciaba suavemente a la criatura. 

El botánico observó  al animal durante un instante y después continuó estudiando la enredadera que se extendía sobre su cabeza hasta perderse en lo más alto del tronco de un cedro rojo. Tomó una de sus hojas y la depositó con enorme cuidado en un portaobjetos para, después, guardarlo en la mochila.

-Los bichos son su especialidad, señor Darrell. La mía son las plantas. Y, si le tengo que ser sincero, me fascinan completamente. No olvide que la vida en este planeta depende en buena medida de ellas- concluyó, mientras no dejaba de admirar cada nuevo especimen que encontraba a su paso. 

-Oh, sí, desde luego. No dudo de la nula existencia de esta conversación si no hubiera sido por estas verdosas criaturas, lo cual he de agradecer eternamente, sin duda- respondió James con una fina ironía.

Los dos científicos continuaron enfrascados en su permanente observación de la flora y fauna de la zona. Francis pronto se fue separando inconscientemente del resto del grupo. Cuando James observó, en un momento dado, que su colega no estaba dentro de su campo de visión, apresuró el paso hasta llegar a la cabeza del grupo para dar la voz de alarma al capitán Brook, quien, inmediatamente ordenó detener la marcha y realizar una batida. Tres horas después se daban por vencidos.

Francis había observado una rara especie de helecho que le había llamado la atención sobre el resto. La disposición de sus hojas y el tamaño de estas no se correspondía con ninguno de los de su familia. Cuando se aproximó hasta la planta, se percató, con profunda emoción, de que aquel especimen no aparecía en ninguno de los libros que había estudiado. Decidió realizar un pequeño bosquejo en su diario con el fin de documentar el hallazgo. Tomó algunos apuntes y, cuando dio por concluida su labor documental, observó que se había separado involuntariamente del grupo. Un sudor frío recorrió su espina dorsal. Con la mano temblorosa, tomó la cantimplora, en la que apenas quedaban un par de dedos de agua y dio un pequeño sorbo. La humedad comenzaba a ser asfixiante, así que decidió quitarse el chaleco de tela y aflojarse dos botones de la camisa. Se apoyó en el grueso tronco de una ceiba, enjugó la frente con su pañuelo y valoró la situación.

“Debo haber tardado en realizar el boceto y las anotaciones unos doce minutos, quince a lo sumo. Eso quiere decir que no pueden andar demasiado lejos. Al ritmo que nos estamos desplazando hoy, quizá estén a unos ochocientos metros de donde me encuentro. El camino que han tomado debe ser fácil de localizar, bastará con ver el rastro de ramas cortadas que dejan los limpiadores a su paso. Veamos, la dirección que llevaban era esta.”

Tomó como referencia el lugar donde había visto por última vez (o al menos así lo recordaba) a su colega James y se dirigió en línea recta hacia un grupo de mangles. La espesura de la vegetación lo detuvo a los pocos metros. Incrédulo, comenzó a buscar en el suelo rastros de hojas, lianas o ramas cortadas, pero fue en vano.
“No es posible. Juraría que fueron en esta dirección.”
Giró sobre sí mismo y avanzó en línea recta con igual suerte. A los pocos minutos, con el rostro desencajado, la desesperación comenzaba a hacerse un hueco en su alma. Desorientado, comenzó a gritar el nombre de sus compañeros. Esperó una respuesta, pero no la obtuvo.

La confusión comenzó a ofuscar su mente, por lo que tomó la drástica decisión de atravesar la espesura en la dirección que creía correcta, convencido de que unos metros más allá encontraría el rastro que le guiara hasta el resto de la expedición.  “Estoy seguro de que James ha continuado por aquí. Es cuestión de atravesar la maraña de enredaderas. Al otro lado estará el rastro de los limpiadores, así que debo cruzar este trecho.”

Avanzó con dificultad unos pocos pasos, con el cuerpo inclinado, ayudándose con los brazos mientras contoneaba su espalda como una gran serpiente, esquivando las ramas y bejucos que salían a su paso una y otra vez. De pronto, su pie izquierdo quedó inmovilizado entre dos raíces que sobresalían del suelo. Al intentar desencajarlo, perdió el equilibrio y se encontró tumbado boca abajo sobre una mullida alfombra de helechos. Maldiciendo al diablo intentó levantarse, aunque en ese momento sintió cómo su muñeca derecha era rodeada de forma suave pero firme por una liana. Desconcertado, notó la fricción áspera de la dura superficie sobre su piel, erosionándola. Con la mano libre, intentó asir el pequeño cuchillo que llevaba colgado al lado derecho del cinturón. Cuando, a duras penas, consiguió cogerlo con la punta de los dedos, dos enredaderas rodearon su antebrazo izquierdo entrelazándose lentamente en dirección hacia el codo. Un sudor pegajoso goteaba incesante por su rostro mientras giraba la cabeza noventa grados para poder contemplar horrorizado cómo unas enormes raíces habían surgido de la nada para dejar trabado su tobillo derecho. Al abrir la boca para pedir auxilio, un grito ahogado surgió de su garganta: sus labios habían sido tapados, como si de una mano se tratase, por la elástica rama de una trepadora.

Comenzó a notar que, en cada nueva respiración, una cantidad menor de aire llegaba hasta sus pulmones, los cuales habían empezado a menguar progresivamente. Sin apenas ser consciente de ello, dejó de preocuparse por su situación y sus pensamientos se difuminaron lentamente en la inmensidad vegetal que le rodeaba. Las necesidades físicas pronto pasaron a ser un vago y lejano recuerdo. En el instante siguiente, todo su ser se concentró en la única tarea de producir oxígeno. Una vida distinta comenzaba a fluir por sus venas, que ya no transportaban sangre, sino savia.
Autor: Óscar Morcillo 

Elige otro relato de Óscar al azar, son todos geniales: De tu esposo, que tanto te quiere,El amor de Fahyun y Nemat, Sensaciones, La lluvia y la navaja de afeitar, Avería número 334, Quimerio, El viaje, Estrés laboral,  El día en el que los relojes se pararon (1ª parte, , , y desenlace), La senda del lobo y El flechazo.

jueves 10 de noviembre de 2011

Recomiendo: "De mayor quiero ser soldado"

 Una de las últimas sorpresas que me ha dado el séptimo arte recientemente es la coproducción  “De mayor quiero ser soldado”.

El film denuncia la equivocada manera en la que algunos padres están educando a sus hijos, permitiéndoles que hagan lo que quieran, omitiendo el significado de "no" y creándoles un universo en el que no aceptan que se les lleve la contraria ni se tuerzan sus deseos. Una cultura en "lo que tú quieras con tal de que no molestes demasiado".
Sin duda un análisis duro, pero realista de un amplio sector de la sociedad actual.

 Película: De mayor quiero ser soldado. AKA: I want to be a soldier.  Dirección: Christian Molina. Países: España e Italia. Año: 2011. Duración:  89 min. Género: Drama. Interpretación: Fergus Riordan, Ben TempleValeria Marini, Danny Glover, Robert Englund, Andrew Tarbet, Jo Kelly. Guion: Cuca Canals y Christian Molina. Producción: Ferran Monje. Música: Federico Jusid. Fotografía: Juan Carlos Lausín. Montaje: Alberto de Toro. Diseño de producción: Pere Carreras. Distribuidora: Canónigo Films. Estreno en España: 21 Octubre 2011. Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.

Sinopsis

“De mayor quiero ser soldado” es la historia de Álex, un niño de ocho años fascinado por la violencia en la televisión y en los videojuegos. Álex empieza a desarrollar problemas de comunicación con sus padres y otros compañeros del colegio, por lo que se encierra en sí mismo, inventando dos amigos imaginarios, el astronauta capitán Harry y su alter ego, el sargento John Cluster. Cuando su madre da a luz gemelos, Álex empieza a sentirse solo y desatendido, eclipsado por la llegada de sus nuevos hermanos. Traicionado y herido, consigue que su padre le recompense con algo que siempre había deseado: una televisión en su cuarto. A través de la televisión, Álex descubrirá un nuevo mundo y se sentirá totalmente fascinado por todo lo que ve. El elemento catalizador de la historia será esta creciente obsesión por las imágenes de guerra y destrucción.

 De mayor quiero ser soldado en labutaca.com

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