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jueves, 20 de septiembre de 2012

La leyenda del río Lurvia

Después de unos meses sabáticos, mi amigo y colaborador en este blog, Óscar Morcillo, vuelve a la carga con un excepcional relato. Dedicadle unos minutos, vale la pena:

La leyenda del río Lurvia


La blanca autocaravana serpenteaba colina arriba siguiendo la infinita línea de asfalto que desaparecía en cada curva y volvía a reaparecer al instante siguiente. En cierto modo parecía no llevar a ninguna parte. Su recorrido era sinuoso, aunque a sus cuatro ocupantes parecía no importarles, a juzgar por las expresiones de sus rostros, que reflejaban cierta luminosidad en clara contraposición con el color plomizo del cielo. En especial a uno de ellos, para quien aquel viaje no era una simple escapada de unos días, sino más bien una aventura en una tierra lejana y desconocida que, a buen seguro, iba a perdurar en un rincón de su memoria hasta el fin de sus días. A su edad poseía esa ingenuidad infantil que permite ver solo la parte positiva de la vida y que después, poco a poco, se va perdiendo al mismo ritmo que aparecen los temidos michelines y se forman claros en el cogote.

El verano se hallaba en su etapa inicial. Las vacaciones escolares habían comenzado dos semanas antes. La rigidez de la rutina había dado paso a una flexibilidad horaria de la que también eran partícipes los otros tres pasajeros, dos de los cuales formaban un matrimonio modelo: jóvenes, bien situados profesionalmente, con dos hijos fruto de una relación estable y un adosado de color crema en una urbanización privada. En su caso, el hecho de haber tenido familia a una edad relativamente temprana, no había provocado desavenencias de pareja, sino que por el contrario, había fortalecido los lazos de una unión que algunos miembros de ambas familias tildaron en su momento de precipitada y poco meditada. Los padres de ella, en cuanto fueron conocedores de los planes de boda, vaticinaron (en círculos muy íntimos, eso sí) una relación abocada al desastre. Sin embargo, el tiempo fue pasando y sus previsiones fallaron estrepitosamente. Y no solo eso, sino que además se convirtieron en abuelos por partida doble, primero de un muchachito y cuatro años después, de una preciosa niña.

Adrián era la clase de muchacho que estaba metido siempre en líos, lo cual no quiere decir que fuera el responsable de que se produjeran, sino más bien que unas veces directamente y otras muy a su pesar, aparecía involucrado en casi todas las disputas, peleas y problemas que acontecían entre los alumnos de su curso. Su aspecto físico, delgado y atlético, era una baza a su favor, a la que recurría con frecuencia si la situación así lo requería. A la hora de repartir mamporros, siempre tenía los puños preparados, aunque nunca se había empleado a fondo contra nadie, sabedor de su amplia ventaja física. Casi siempre le bastaba con un gesto amenazador para que sus rivales se lo pensaran dos veces y rehuyeran el enfrentamiento directo. Se había ganado entre sus compañeros el apodo de “Rocky” debido fundamentalmente a dos motivos. El primero era su aspecto, que recordaba al de un boxeador de peso ligero, ágil y escurridizo. El segundo eran sus conocimientos pugilísticos, adquiridos a base de haber visto películas como Toro salvaje, Cinderella man o la mítica saga protagonizada por Sylvester Stallone.

-¿Falta poco? Quiero llegar yaaa- la vocecita aguda y estridente de Susana no había cesado de repetir la misma insistente frase una y otra vez desde poco rato después de haber iniciado el viaje. A sus seis años era incapaz de albergar una mínima cantidad de ese elemento tan preciado llamado paciencia.
-Cállate ya, enana, eres insoportable. Me duele la cabeza de oirte.
-No soy una enana. Soy una niña- protestó ella-. Y tú eres un fanfarrón. Lo dicen tus compañeros.
Su hermano cerró el puño derecho, acariciándolo despacio con su otra mano. Le encantaba jugar con la gestualidad para dar una carga dramática a sus frases.
-Chicos, por favor. Estamos de vacaciones. No quiero peleas, ¿de acuerdo?- sin dejar de prestar atención a la carretera, el padre cortó de raiz la intervención del muchacho con una señal de su dedo índice.
La madre despeinó cariñosamente la coronilla de ambos hermanos al mismo tiempo.
-Eh, vamos, no distraigais al conductor.
Susana sacó la lengua en dirección a Adrián y cogiendo de nuevo el diminuto peine rosa, volvió a ocuparse del cabello de su muñeca mientras que su hermano, visiblemente molesto, desvió su mirada hacia el exterior, a través de la ventanilla. Echó una bocanada de vaho sobre el cristal y se puso a garabatear distraídamente con el dedo.

-Cariño, me temo que en una hora habrá anochecido. Habrá que buscar un lugar para pasar la noche.
-Ya lo tenía previsto-. Él señaló un diminuto punto en el GPS-¿Ves este círculo rojo? Es nuestro destino. Si continúo conduciendo un par de horas más, podríamos parar a unos ciento cincuenta kilómetros del cámping. Después del desayuno nos ponemos de nuevo en ruta y en una hora y media estaríamos allí.
Ella se aproximó por detrás del asiento, acariciándole con suavidad la sien, junto a la cual ya comenzaban a florecer algunas canas apenas imperceptibles.
-Llevas conduciendo casi todo el día. ¿Por qué no nos detenemos en cualquier lado y descansamos? Sabes que si pudiera te daría el relevo- dijo, mirando la aparatosa venda que envolvía su tobillo y talón derechos.
Tras meditarlo con un breve canturreo (en la radio sonaba una pegajosa melodía de los años ochenta), asintió lentamente con la cabeza.
-Me has convencido, cariño. Buscaré un sitio adecuado.

Unos cinco kilómetros más adelante, la carretera llegaba al puerto situado en la parte transitada más alta de la montaña. Y otros doce kilómetros después, tras un rápido descenso, la vía se ensanchaba de nuevo hasta formar dos carriles delimitados por una línea continua con un arcén lo suficientemente ancho como para permitir el paso de vehículos de pequeña cilindrada. El sol comenzaba a juguetear con la línea del horizonte. Al final de una larga recta de casi un kilómetro, el paisaje montañoso y gris daba paso a otro más llano y verdoso, poblado de chopos y encinas a ambos lados de la carretera. El tortuoso trazado pasaba a ser más uniforme y el número de curvas descendía al mismo tiempo que la temperatura comenzaba a ser ligeramente más fresca y húmeda.

-Iré preparando unos bocadillos y unos sandwiches para la cena-. La madre se levantó del asiento del copiloto, dirigiéndose a la parte trasera.

Una pareja de jóvenes excursionistas caminaba en dirección contraria a la caravana por el arcén izquierdo. Iban pertrechados con chalecos reflectantes y grandes mochilas de color caqui. El conductor detuvo lentamente el vehículo hasta quedar a su altura.

-Buenas tardes. Disculpad, estamos buscando una zona de descanso o un pequeño descampado donde poder pasar la noche.
El chico, pensativo, se llevó una mano a la cabeza.
-Oh, pues... sí. Un poco más adelante, justo al cruzar el puente del río Lurvia hay un claro junto a la orilla donde...aunque no sé si deberían- bajó la vista y titubeó por un instante-. Lo digo por las historias que cuentan acerca del accidente.
La chica que le acompañaba le propinó un pequeño codazo en el costado que no pasó inadvertido para el conductor. Éste afirmó:
-La verdad es que venimos de bastante lejos y no conocemos la región. Tampoco hemos oído hablar estos días de ningún accidente.
La joven dudó por un momento pero después tomó la palabra.
-Bueno, en realidad sucedió hace unos treinta años y se convirtió, por desgracia, en un suceso tristemente famoso. Vinieron periodistas de todo el país, tal y como me han contado, ya que nosotros ni siquiera habíamos nacido por aquel entonces- dijo, sin poder evitar cierto rubor.
El conductor enarcó ambas cejas.
-Pues la verdad es que no conozco la historia. ¿Qué ocurrió?
-Eran niños de un colegio de Veganilla, un pueblo que está cerca de aquí. Los llevaban de excursión a la ciudad. Pero cuando el autobús tomó la curva de entrada al puente, el vehículo perdió el control y se empotró contra el muro de protección, dando una vuelta de campana y precipitándose al río. Murieron catorce escolares. Todos ellos tenían entre seis y ocho años. Realmente nadie sabe el motivo que provocó la tragedia. Unos dicen que fue una distracción del conductor, que iba bebido. Otros que la carretera no estaba en condiciones, pues no era el primer accidente que se producía en ese mismo punto. Lo cierto es que...- bajó la cabeza y miró hacia el suelo en un gesto contenido.
-Qué historia más terrible.
-...no pudieron recuperar ningún cuerpo. Cuentan que los miembros del equipo de submarinistas de la Guardia Civil, cuando salían a la superficie, cubiertos de lodo, con el rostro pálido como la nieve y la mirada perdida, comentaban con voz temblorosa que nunca habían trabajado en circunstancias tan adversas.
La mujer del conductor, que aunque un poco más alejada, había permanecido atenta a la conversación, se aproximó a su marido. Agachando la cabeza para hacerse visible a los excursionistas a través del hueco de la ventanilla, les dijo:
-Antes habéis mencionado que se cuentan historias acerca del accidente. ¿Qué clase de historias?
El chico desvió de nuevo la mirada hacia el suelo mientras hablaba.
-Bueno, son historias tenebrosas y oscuras a las que no hacemos demasiado caso los jóvenes de por aquí. Las consideramos más bien “cuentos de viejos”-. Su rostro dibujó una mezcla de mueca y de media sonrisa que, sin embargo, provocó un pequeño escalofrío en la mujer-. Hay personas que aseguran haber oído sollozar a niños en las proximidades y, ¿saben una cosa? Es curioso, pero no hay casas habitadas en varios kilómetros a la redonda-. Esta última frase la dijo bajando el tono de voz, como si temiera ser oído por alguien. Observó durante unos segundos a sus interlocutores para ver la expresión de sus rostros. Después, dio por zanjada la conversación. -Bueno, si no les importa, vamos a continuar con nuestro camino. Hemos quedado con unos amigos para acampar antes de que anochezca y todavía nos queda un pequeño trecho. Siento mucho haberles informado de tan triste suceso.
Tras agradecerles la información, el matrimonio se despidió de forma cortés y prosiguió su ruta. Después de tomar un par de curvas a derecha y tres más a izquierda, divisaron el puente. Frente a él, un letrero oxidado rezaba el nombre del río Lurvia.
El conductor detuvo el vehículo justo en la entrada al puente. El cauce era abundante, sobre todo para la época del año en que estaban. Miró a través de la luneta del parabrisas observando cómo la fuerza de la corriente formaba a un lado del puente un remolino de tamaño considerable. La noche comenzaba a despertar y, con ella, una fina neblina que parecía surgir del mismo río, extendía lentamente su manto. Después de dudar un segundo, colocó la primera marcha y aceleró para cruzar al otro lado del puente.
Oyó la voz de ella y le pareció muy lejana, aunque en realidad estaba a escasos pasos por detrás de él:
-¿Cuánto tiempo llevamos casados?- preguntó su esposa. Su voz sonaba como por debajo del agua. De la parte trasera de la caravana, donde estaban los hermanos, provenía un ruido de pequeños objetos de plástico cayendo al suelo. Recuperando la consciencia de la realidad, le respondió.
-¿Por qué me haces esa pregunta cuando sabes tan bien como yo que dentro de poco celebraremos quince años de matrimonio?
-Además estuvimos de novios casi cinco años, ¿verdad?- dijo continuando con el interrogatorio.
-¿A dónde quieres llegar?- preguntó él, visiblemente intrigado.
-A veces creo que no nos conocemos verdaderamente. Veinte años juntos...y ni siquiera sé si crees en historias de fantasmas.
Él le devolvió una mirada escéptica y, aunque estuvo a punto de soltarle una pequeña reprimenda, decidió dejarlo para otra ocasión. Al fin y al cabo, estaban de vacaciones y pensó que no valía la pena estropear el único período de tiempo prolongado que podían pasar juntos.


La caravana cruzó el puente y al salir de él, a mano derecha, tomó un pequeño sendero en desnivel que, un poco más adelante, a su vez daba acceso a un amplio terraplén que extendía sus límites hasta el mismo margen del río. El conductor maniobró girando de tal forma que, una vez hubo aparcado, el río quedaba a su izquierda y la senda frente a ellos. A la derecha, un grupo de pinos y algún chopo esparcido entre aquellos observaban en silencio a los recién llegados.
En cuanto se detuvo el ronroneo del motor, Susana, alborotada, creyendo haber llegado a su destino, saltó por la puerta lateral, comenzando a brincar y entonando alegremente una canción infantil que había aprendido el mes anterior en el colegio. Su hermano, dando muestras de un entusiasmo contenido, echó un vistazo a su teléfono móvil y esbozó una sonrisa satisfactoria.
-Al menos, hay cobertura.
Su madre, siempre vigilante, se encargó de recordarle las normas.
-Jovencito, nada de llamadas si no es absolutamente necesario. O de lo contrario tendré que descontar de tu asignación parte de la factura telefónica.
El muchacho le dedicó un gesto descortés que pasó inadvertido para ella, pero no para el padre que, negando con la cabeza, decidió pasarlo por alto, al menos por esta vez.

Aquella noche decidieron cenar en el exterior, a la luz de la luna llena, así que montaron la pequeña mesita plegable y sobre ella desembarcaron una flota de sandwiches de paté, sobrasada y queso, y un par de platos de embutidos variados cortados en pequeñas rodajas, todo ello acompañado de aceitunas, pepinillos y frutos secos. Un viento fresco agitaba débilmente un grupo de cañas que crecía en la misma orilla. El suave rumor de la corriente del río dotaba al paraje de una tranquilidad irritante. Ni siquiera el rugido de ningún motor había osado quebrantar aquella pasmosa quietud rural, pues desde que habían llegado, la carretera no había sido transitada por vehículo alguno.

Adrián cogió la pequeña linterna y la navaja suiza que dos meses antes le había regalado su padre con motivo de la acampada de fin de curso y se aproximó a las cañas, seguido de cerca por su hermana, con ánimo de explorar el paraje. Su madre, que en ocasiones pecaba de una sobreprotección injustificada, les advirtió que no se alejaran demasiado de la caravana.
El muchacho alumbraba al suelo mientras caminaba hacia la orilla. Susana seguía sus pasos a corta distancia. Entusiasmado, señaló un punto con su índice izquierdo.
-Mira, un ciempiés. Y allí se ve un escarabajo pelotero-. Entusiasmado, seguía con el foco de la linterna cualquier atisbo de vida animal. -Y esas son hormigas rojas. Vamos hacia la orilla a ver si hay alguna charca y con suerte podemos encontrar sapos o ranas.
El ruido de la corriente crecía a medida que los dos hermanos se aproximaban a su destino. Como la búsqueda de batracios resultó infructuosa, Adrián pronto volcó su atención en otro pasatiempo más propio de los chicos de su edad: lanzar piedras al agua. Fijó su atención en un guijarro plano y perfectamente redondo que había a sus pies y, asiéndolo con firmeza con la mano derecha, retó a su hermana a ver quién lo lanzaba más lejos. El guijarro dibujó un perfecto arco sobre el agua, a la mortecina luz de la luna y se hundió acto seguido a unos veinte metros de donde se encontraban.
-Ahí va, yo no voy a llegar- dijo Susana con admirado asombro. Efectivamente, su piedra no llegó ni de lejos a las proximidades del lanzamiento de su hermano, sino que se desvió pronunciadamente a la derecha y cayó a escasos metros de la fangosa orilla. Una vez se hubo cerciorado de la sospecha de que su rival no estaba a la altura, Adrián perdió interés en el juego y se dedicó a intentar superar sus propios lanzamientos, aunque cada vez más cansado, estos iban alcanzando una distancia progresivamente menor.
La pálida luz de la luna fue el único testigo del incesante gorgoteo de burbujas que comenzaron a asomar a la superficie del río, muy cerca del lugar donde había caído la primera piedra.

Aquella madrugada, el silencio se vio roto por el grito agudo de una niña.
Los pasos apagados que siguieron a continuación murieron junto a la litera de Susana, que era consolada por su madre. Entre sollozos, la pequeña afirmaba que en sueños, un niño llamado Carlos, le había advertido que estaban en serio peligro. Después, ese mismo niño le había confesado que tenía miedo. Le había dicho que llevaba mucho tiempo habitando en un lugar muy frío, entre tinieblas, en el que solo oía lamentos y sollozos y que echaba de menos a sus padres, a los que vio por última vez aquel día en el que, ilusionado, subía por primera vez a un autobús.

La madre, tras escuchar la breve historia, la abrazó de forma comprensiva, secando sus lágrimas suavemente con la palma de la mano e invitándola a dormir en su cama junto a ellos.

Esa misma noche, se oyeron unos ruidos en el exterior, como si varias personas golpearan al unísono el lateral de la caravana. Al principio eran golpes débiles y sonaban de uno en uno, aunque paulatinamente fueron cobrando más fuerza e intensidad. Poco a poco, el vehículo comenzó a temblar ante el asombro y la preocupación de sus ocupantes. Los dos hermanos se acurrucaron con sus padres.
-Papá, mamá. Tengo miedo- acertó a decir Susana, apretándoles con toda la fuerza que sus brazos le permitían.
Un hedor repugnante, como a desagüe, se fue colando en el interior del habitáculo, provocándoles fuertes náuseas. Finalmente, el ruido cesó. La tranquilidad y el silencio se volvió a adueñar paulatinamente de la caravana y, un buen rato después, el cansancio se apoderó de todos ellos.

A la mañana siguiente, mientras los dos niños permanecían profundamente dormidos, el matrimonio se levantó y decidieron salir al exterior, no sin antes haberlo discutido acaloradamente.
No vieron a nadie ni tampoco hallaron rastro alguno de presencia humana. Una expresión de sorpresa apareció en sus rostros en el momento en que se volvieron hacia el vehículo y contemplaron cómo las paredes de la caravana habían pasado, del blanco mate del día anterior, a estar parcialmente embadurnadas con una especie de sustancia terrosa de color ocre. Al examinar con detenimiento aquellas manchas, una mueca de horror se dibujó en sus fatigados rostros. Esparcidas por toda la superficie metálica, a una altura de poco más de un metro, se dibujaban claramente las siluetas fangosas de un par de docenas de pequeñas manos.

Óscar Morcillo


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domingo, 8 de abril de 2012

La nueva vida

Salió despedido a una velocidad tal que, cuando el efecto del impulso desapareció y por fin se detuvo, no sabía donde se encontraba. Todo era nuevo para él. Se tranquilizó al verse rodeado de cientos, miles de compañeros que se miraban los unos a los otros sin saber bien qué hacer. De repente, los de delante comenzaron a marchar y, en un efecto dominó, los de atrás les siguieron.

Avanzaban como podían, sin detenerse, empujándose entre ellos, como por instinto. Algo en su interior les impulsaba poderosamente a realizar aquel trayecto sin saber qué era lo que les esperaba al final del mismo. Durante largo tiempo recorrió lugares desconocidos, húmedos y tenebrosos. Las fuerzas comenzaron a flaquear y vio cómo muchos de sus camaradas iban quedándose atrás, agotados, exhaustos por el esfuerzo. Estando ya al límite de su supervivencia y cuando parecía que también iba a caer rendido, vio un gran objeto esférico ante él y entonces supo que aquel era su objetivo. Se armó de valor y recorrió el último tramo arrastrándose con las escasas reservas que le quedaban.

Con gran determinación, hundió su cabeza al tiempo que su cola se desprendía, para, en ese instante, olvidar su antigua vida y tomar plena consciencia de que ya formaba parte de un nuevo y maravilloso ser.

Óscar Morcillo

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domingo, 26 de febrero de 2012

Libertad controlada

Estoy en el suelo. No recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Oigo voces cercanas lanzándome advertencias de manera poco amistosa. Oigo insultos, oigo gritos. Todo está muy confuso. A pesar de que tengo la visión ligeramente nublada, percibo que hay mucha gente a mi alrededor. La mayoría corren de un lado para otro sin aparente orden. Otros están quietos, de pie. Algunos pocos están sentados junto a mí, formando un círculo. Me fijo en ellos. ¡Pero si son compañeros del instituto! Reconozco, entre otros, a Esteban, a Carmen. Me miran, pero están serios. Me preguntan si estoy bien. Intento levantarme, pero alguien uniformado con guantes en las manos me lo impide. Me propina un empujón que hace que mi rabadilla golpee contra el duro asfalto. Dolorido, decido permanecer quieto. Ahora que he intentado moverme, noto como mi brazo derecho y mis costillas están magullados. La cabeza me duele. Algo líquido se escurre sobre mi ceja derecha y gotea sobre mi pómulo. Como había imaginado, es sangre. Tengo una brecha en el cráneo. Muestro mi mano manchada de rojo a los.....policías, sí, son policías antidisturbios, provistos de cascos y armados con porras, que se encuentran a escasos metros de donde nos mantienen inmovilizados. Uno de ellos me amenaza levantando su arma para que no me mueva. Le insulto, por un instante dejo brotar mi rabia. Maldigo su sombra, me cago en él y le vuelvo a mostrar mi ensangrentada mano.

A mi izquierda, a unos escasos veinte metros, un grupo de cinco o seis antidisturbios empujan sin contemplaciones a unos transeúntes que pasaban por allí. A una señora un poco gruesa la acaban de tirar contra la acera. Los que la acompañaban recriminan su actitud a los agentes que les contemplan impasibles. Uno de ellos, en un atisbo de sentido común y percatándose de la gravedad de la situación, ayuda a la mujer a incorporarse y la invita a que se marche de allí con un gesto. 

En el otro extremo de la plaza, una docena de policías cargan sin contemplaciones contra unos cuantos estudiantes con rastas y aspecto desaliñado. Les llueven palos por todos lados. Nadie les ha provocado ni les ha agredido para que reaccionen así.
A nuestra derecha, aparcado junto a unos contenedores, hay un furgón con los distintivos de la Policía Nacional. Varios chavales son conducidos hacia él, la mayoría menores que yo y después son obligados a entrar a empujones, ya que alguno se resiste entre lloros y gritos. “¡Llama a mi madre!¡Llámala!”.


¿Por qué me han agredido estos salvajes? Recuerdo que les dije que estaban obligados a mostrar su número de identificación. Acto seguido me propinaron diversos golpes.


Empiezo a recordar. Ayer por la tarde recibí un whatsap de Fran. Me explicaba que muchos compañeros habían quedado hoy después de las clases delante del instituto para protestar contra los recortes en materia de educación y me preguntaba si me gustaría acompañarles. Lo que ninguno de nosotros nos imaginábamos era que íbamos a ser reprimidos tan duramente por las fuerzas del orden por el delito de manifestarnos pacíficamente con nuestras mochilas y por algo tan básico como es un derecho reconocido en la Constitución.

No comprendo nada. Este país se está volviendo loco. Los delincuentes son tratados de forma parcial por la justicia y las personas decentes, como criminales. Soy joven todavía, pero ya empiezo a cuestionarme seriamente el funcionamiento de esta democracia en la que vivimos.

(Es evidente que solo se trata de un microrelato pero perfectamente podría haber sido el testimonio de una de las muchas personas que fue agredida por las fuerzas del ¿orden? en las manifestaciones de Valencia).

Óscar Morcillo

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sábado, 18 de febrero de 2012

Amor inmortal


Su gélida mirada, repleta de abismos, se clavó en la mía. En ella pude ver reflejado el rostro de Tánatos, el dios de la muerte. Sin embargo, aunque pudiera parecer irracional, no estaba asustado.

Sentí cómo su ávido aliento penetraba en mis entrañas devorando todo lo que encontraba a su paso. Un frío glacial se apoderó de mi cuerpo haciéndome temblar como una hoja en la brisa.

-¿Estarías dispuesto a entregar tu vida?- susurró de modo casi imperceptible con una mezcla de tristeza y ansiedad. Mi silencio no pareció perturbar su pétrea expresión.

Pero nada me importaba ahora. Me dejé caer en la dulce sima que formaban esos brazos de piel mortecina. Mi único pensamiento eran sus labios esponjosos de color carmesí. Ni siquiera percibí los afilados caninos que se ocultaban tras ellos y que se clavaron con delicadeza en mi lóbulo; después buscaron la parte lateral de mi cuello, cuya piel en aquel momento ya había comenzado a erizarse por el álgido contacto de sus manos que acariciaban rincones ocultos de mi cuerpo. Entonces se hundieron suavemente en la parte más alta de mi hombro, donde éste se une con la nuca. Tuve una sensación vertiginosa, similar a la de una montaña rusa en la bajada más fuerte, al notar, tras la breve incisión, cómo mi sangre manaba hacia ese lugar concreto y cómo abandonaba mi cuerpo para formar parte del de mi silenciosa amada. Creedme si os digo que era del todo imposible resistirse a la tentación de tan morboso deseo. Una insidiosa lujuria se había apoderado de mí sin remisión. Para cuando ella me había levantado con calculada lentitud la camisa de franela que separaba mi piel de sus dedos, mi  alma  había izado ya la bandera blanca y se había  entregado  sin  condiciones.

¿Para qué luchar contra una obsesión tan poderosa? Era más fácil abandonarse, dejar que todo transcurriese por su cauce. La naturaleza es cruel pero sabia. Y generosa. Sorprendentemente generosa. La gacela perece para que el león pueda sobrevivir, es ley de vida. Así ha sido desde el comienzo de los tiempos, todo el mundo lo sabe. Intentar evitarlo es contraproducente y puede crear un desequilibrio a nivel cósmico difícil de restablecer. Dejemos que el mundo gire una vez más y afrontemos la inexorabilidad de la existencia.

Tan pronto como sus dedos comenzaron a explorar mi torso desnudo, una extraña combinación de terror y de placer me invadió. Sentí que mi mente salía disparada, como sacudida por un resorte desconocido, hacia algún lugar lejano en el tiempo y la distancia. En cierto modo, la sensación era similar a lo que los adictos a la heroína llaman “viaje”: el instante en el que te inoculas la sustancia y millones de endorfinas son liberadas de forma masiva por el encéfalo.

Suavemente, sin apenas percibir su gesto, retiró sus colmillos de mi trémula piel con extrema delicadeza. Entonces pude contemplar de nuevo su cara, esos rasgos perfectos y al mismo tiempo frágiles, que contrastaban con la ferocidad de sus movimientos. En su labio inferior, una fina gota de plasma pendía del borde, temblorosa. Sin apartar su mirada, con gesto calculado, su lengua recogió el preciado elemento. Observé que el iris de sus ojos había pasado de un rojo salvaje a un ocre apagado. Su apetito había sido saciado, al menos parcialmente.

A la tenue luz de la madrugada, me di cuenta de que su expresión había cambiado. En ella pude intuir a un ser asustado, inseguro, una criatura que luchaba para sobrevivir a toda costa en un mundo hostil, condenada eternamente a ocultar su verdadera naturaleza por su propia seguridad. Pero también vislumbré una existencia llena de infinita tristeza y soledad, un corazón que imploraba un poco de amor y compañía.

Con voz apagada y melancólica, musitó:
-En cinco siglos me he encontrado, por decirlo de alguna manera, con un número infinito de personas, de todas las clases sociales posibles, de todas las razas que existen. Creyentes, ateos, humildes, orgullosos, señores, siervos. Pero todas ellas tenían en común una característica: el miedo atroz a lo desconocido, un pánico enfermizo a lo oculto, a lo que consideran sobrenatural. Sin embargo, tú... Creo saber el motivo que te impulsa a no demostrar temor alguno, lo cual admiro y encuentro interesante.

Pensé largo tiempo en sus palabras, que llegaban a mis oídos desde lejanos confines. ¿Realmente no sentía miedo ante su presencia? ¿O era más bien una falsa sensación? La respuesta era evidente. Después del primer contacto, el sentimiento que aquel ser despertó en mí no era sino una mezcla de deseo y pasión elevadas a la enésima potencia. Un bajo instinto que se había despertado de un prolongado letargo se estaba haciendo con el control de mis emociones y la sensación inicial de terror había sido disipada por completo.

En mi corta vida ninguna persona me había empujado a sentir ni una milésima parte de lo que estaba sintiendo en aquel momento. Nadie me había abierto los ojos de aquel modo tan desmesurado ni había otorgado un sentido real a mi existencia más allá de creer estar condenado a un errático paso por este mundo. Un fuego comenzaba a arder en mi interior, un fuego que quemaba la parte más profunda de mi alma y se iba abriendo paso hacia fuera.

En aquel mismo instante, sentí cómo el tiempo se escurría entre mis dedos y mi cuerpo se precipitaba hacia un vacío infinito repleto de brillantes estrellas. Cerré mis cansados ojos para disponerme a dormir, confiado en despertarme en una nueva e inmortal existencia junto a mi amada.

Oscar Morcillo

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miércoles, 7 de diciembre de 2011

La expedición


La expedición avanzaba con paso firme a través de la espesura de la jungla, donde la vegetación era tan exuberante que apenas dejaba pasar la luz del sol. Atravesando la frondosa maleza, a duras penas unos pocos rayos luminosos llegaban hasta donde estaba el grupo. A la cabeza del mismo, dos cuadrillas de guías limpiadores se turnaban, abriendo camino al resto de forma contundente con sus grandes machetes de afiladísimas hojas y con una buena dosis de destreza. Bejucos, plantas trepadoras, lianas y ramas no eran obstáculo para sus fuertes brazos, acostumbrados desde años atrás a aquella ardua tarea que ejercían con una mecánica precisa, cual robots programados. Unos pocos metros por detrás, los porteadores caminaban pesadamente cargados con los equipos de campamento y los víveres. A continuación, el capitán Brook, seguido de un par de oficiales, encabezaba el grupo de exploradores, compuesto por ellos tres y una compañía de soldados a sus órdenes. También les acompañaban, en calidad científica, un zoólogo, el doctor James Darrell y un botánico, el doctor Francis Melville que, curiosamente, habían estudiado juntos en la universidad de Liverpool. Estos últimos iban cerrando el grupo, ensimismados con los especímenes de flora y fauna que iban encontrando cada cierto tiempo. Tan absortos iban en su tarea que no parecía molestarles ni la pegajosa humedad de la selva, ni los molestos insectos, revoloteando continuamente alrededor de sus rostros con su incesante zumbido.

Francis Melville había nacido en un pueblecito costero del sureste de Inglaterra. Desde temprana edad se había sentido atraído inconscientemente por el mundo de las plantas y de los árboles en general. Sus padres tenían un pequeño jardín en la parte trasera de la casa donde el pequeño Francis, a sus tiernos ocho años, ya cultivaba geranios, petunias y tulipanes, que luego trasplantaba en macetas y regalaba a familiares y amigos. Las paredes de su habitación estaban adornadas con dibujos y láminas de rosas, claveles, amapolas, dalias y demás. Su extraña pasión por el mundo de los vegetales al principio provocó una divertida fascinación en sus padres que, con el tiempo, fue transformándose en preocupación, pues Francis no se relacionaba de una manera normal con el resto de niños de su edad. Su carácter fue cambiando de forma gradual hasta convertirse en un niño huraño, introvertido y con fuertes y constantes cambios de humor. Decidieron consultar con varios médicos, tras lo cual, estos llegaron a la conclusión de que padecía una especie de autismo leve con muy probable tendencia a ir empeorando, por lo que les aconsejaron apoyarle en sus aficiones e intereses, pues esto reforzaría su conexión con el mundo real y evitaría posibles recaídas.  

Cuando Francis se enteró de que se preparaba una expedición para contactar con la tribu perdida de los cazadores de caimanes en la selva venezolana del Amazonas y buscaban biólogos para formar parte del equipo científico, vio ante sí la oportunidad que había estado esperando siempre. Gracias a ciertos contactos de su padre, que había servido como oficial en el ejército, logró que le admitieran.

Ahora estaba a miles de kilómetros de su ciudad natal, en un paraje inhóspito y lleno de peligros, soportando un clima húmedo y caluroso, totalmente opuesto al fresco ambiente de su comarca, pero indudablemente dichoso.

-Doctor Melville, le presento a la rana velluda, de la que supongo habrá oído hablar- dijo el doctor Darrell, mientras sostenía un pequeño batracio en la palma de su mano izquierda-. Es la única de su especie que tiene pelo, aunque en realidad se trata de una especie de vello finísimo que le crece en la parte superior de la cabeza y que es casi inapreciable para el ojo humano- sentenció, mientras acariciaba suavemente a la criatura. 

El botánico observó  al animal durante un instante y después continuó estudiando la enredadera que se extendía sobre su cabeza hasta perderse en lo más alto del tronco de un cedro rojo. Tomó una de sus hojas y la depositó con enorme cuidado en un portaobjetos para, después, guardarlo en la mochila.

-Los bichos son su especialidad, señor Darrell. La mía son las plantas. Y, si le tengo que ser sincero, me fascinan completamente. No olvide que la vida en este planeta depende en buena medida de ellas- concluyó, mientras no dejaba de admirar cada nuevo especimen que encontraba a su paso. 

-Oh, sí, desde luego. No dudo de la nula existencia de esta conversación si no hubiera sido por estas verdosas criaturas, lo cual he de agradecer eternamente, sin duda- respondió James con una fina ironía.

Los dos científicos continuaron enfrascados en su permanente observación de la flora y fauna de la zona. Francis pronto se fue separando inconscientemente del resto del grupo. Cuando James observó, en un momento dado, que su colega no estaba dentro de su campo de visión, apresuró el paso hasta llegar a la cabeza del grupo para dar la voz de alarma al capitán Brook, quien, inmediatamente ordenó detener la marcha y realizar una batida. Tres horas después se daban por vencidos.

Francis había observado una rara especie de helecho que le había llamado la atención sobre el resto. La disposición de sus hojas y el tamaño de estas no se correspondía con ninguno de los de su familia. Cuando se aproximó hasta la planta, se percató, con profunda emoción, de que aquel especimen no aparecía en ninguno de los libros que había estudiado. Decidió realizar un pequeño bosquejo en su diario con el fin de documentar el hallazgo. Tomó algunos apuntes y, cuando dio por concluida su labor documental, observó que se había separado involuntariamente del grupo. Un sudor frío recorrió su espina dorsal. Con la mano temblorosa, tomó la cantimplora, en la que apenas quedaban un par de dedos de agua y dio un pequeño sorbo. La humedad comenzaba a ser asfixiante, así que decidió quitarse el chaleco de tela y aflojarse dos botones de la camisa. Se apoyó en el grueso tronco de una ceiba, enjugó la frente con su pañuelo y valoró la situación.

“Debo haber tardado en realizar el boceto y las anotaciones unos doce minutos, quince a lo sumo. Eso quiere decir que no pueden andar demasiado lejos. Al ritmo que nos estamos desplazando hoy, quizá estén a unos ochocientos metros de donde me encuentro. El camino que han tomado debe ser fácil de localizar, bastará con ver el rastro de ramas cortadas que dejan los limpiadores a su paso. Veamos, la dirección que llevaban era esta.”

Tomó como referencia el lugar donde había visto por última vez (o al menos así lo recordaba) a su colega James y se dirigió en línea recta hacia un grupo de mangles. La espesura de la vegetación lo detuvo a los pocos metros. Incrédulo, comenzó a buscar en el suelo rastros de hojas, lianas o ramas cortadas, pero fue en vano.
“No es posible. Juraría que fueron en esta dirección.”
Giró sobre sí mismo y avanzó en línea recta con igual suerte. A los pocos minutos, con el rostro desencajado, la desesperación comenzaba a hacerse un hueco en su alma. Desorientado, comenzó a gritar el nombre de sus compañeros. Esperó una respuesta, pero no la obtuvo.

La confusión comenzó a ofuscar su mente, por lo que tomó la drástica decisión de atravesar la espesura en la dirección que creía correcta, convencido de que unos metros más allá encontraría el rastro que le guiara hasta el resto de la expedición.  “Estoy seguro de que James ha continuado por aquí. Es cuestión de atravesar la maraña de enredaderas. Al otro lado estará el rastro de los limpiadores, así que debo cruzar este trecho.”

Avanzó con dificultad unos pocos pasos, con el cuerpo inclinado, ayudándose con los brazos mientras contoneaba su espalda como una gran serpiente, esquivando las ramas y bejucos que salían a su paso una y otra vez. De pronto, su pie izquierdo quedó inmovilizado entre dos raíces que sobresalían del suelo. Al intentar desencajarlo, perdió el equilibrio y se encontró tumbado boca abajo sobre una mullida alfombra de helechos. Maldiciendo al diablo intentó levantarse, aunque en ese momento sintió cómo su muñeca derecha era rodeada de forma suave pero firme por una liana. Desconcertado, notó la fricción áspera de la dura superficie sobre su piel, erosionándola. Con la mano libre, intentó asir el pequeño cuchillo que llevaba colgado al lado derecho del cinturón. Cuando, a duras penas, consiguió cogerlo con la punta de los dedos, dos enredaderas rodearon su antebrazo izquierdo entrelazándose lentamente en dirección hacia el codo. Un sudor pegajoso goteaba incesante por su rostro mientras giraba la cabeza noventa grados para poder contemplar horrorizado cómo unas enormes raíces habían surgido de la nada para dejar trabado su tobillo derecho. Al abrir la boca para pedir auxilio, un grito ahogado surgió de su garganta: sus labios habían sido tapados, como si de una mano se tratase, por la elástica rama de una trepadora.

Comenzó a notar que, en cada nueva respiración, una cantidad menor de aire llegaba hasta sus pulmones, los cuales habían empezado a menguar progresivamente. Sin apenas ser consciente de ello, dejó de preocuparse por su situación y sus pensamientos se difuminaron lentamente en la inmensidad vegetal que le rodeaba. Las necesidades físicas pronto pasaron a ser un vago y lejano recuerdo. En el instante siguiente, todo su ser se concentró en la única tarea de producir oxígeno. Una vida distinta comenzaba a fluir por sus venas, que ya no transportaban sangre, sino savia.
Autor: Óscar Morcillo 

Elige otro relato de Óscar al azar, son todos geniales: De tu esposo, que tanto te quiere,El amor de Fahyun y Nemat, Sensaciones, La lluvia y la navaja de afeitar, Avería número 334, Quimerio, El viaje, Estrés laboral,  El día en el que los relojes se pararon (1ª parte, , , y desenlace), La senda del lobo y El flechazo.

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miércoles, 14 de septiembre de 2011

El flechazo


Él la miraba de soslayo y con cierto pudor. Su mirada era un cóctel de fascinación y curiosidad. Ella fingía que no se daba cuenta y seguía a lo suyo, intentando permanecer absorta frente al torpe asedio de su pretendiente mientras con el dedo índice se enroscaba un mechón de pelo tras la oreja. Él la miró por el rabillo del ojo. En un momento dado, sus miradas coincidieron. Fue durante una fracción de segundo, pero a él le pareció mucho más. Sintió en su estómago un calor repentino que le quemó y, abrumado por el efecto, volvió su mirada intentando disimular,  como si nada hubiera ocurrido, concentrando su atención en la fotografía de aquel señor serio y con traje que colgaba en lo alto de la pared. Incapaz de atender a ningún otro estímulo, siguió con su particular batalla de gestos, enzarzado en una tarea donde las imágenes tenían mucho más sentido y valor que las palabras.

La timidez y torpeza con la que articulaba sus movimientos era una baza desfavorable. Por el contrario, tenía en la tenacidad y la constancia a dos firmes aliados a los que solía recurrir cuando la situación así lo exigía. Sabía que en su lucha surgirían enemigos que no mostrarían compasión para entorpecer su objetivo y esto le desmoralizaba en algunas ocasiones, pues sabía que sus limitaciones eran patentes, que la mediocridad yacía en lo más hondo de su ser pero, a pesar de todo ello, no se rendía a su destino y quería demostrarse a sí mismo que era capaz de lograr su propósito.

Reuniendo todas las fuerzas que fue capaz de conseguir y mostrando un arrojo que llegó incluso a sorprenderle a sí mismo se vio caminando desde su silla hasta el pupitre de ella para entregarle una escueta nota en la que se podía leer, escrita con letra torpe y temblorosa dentro de un corazón, la siguiente frase:

“Alejandro quiere a Irene”.

Autor: Óscar Morcillo 

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martes, 22 de febrero de 2011

La senda del lobo

Su larga cabellera de color castaño ondeaba al viento tibio del atardecer, un viento que traía consigo una mezcla de olor a pólvora y a sangre. Las plumas de águila con las que había tocado su cabello a la altura de las sienes, bailaban frenéticamente al compás de ese mismo viento. Dos líneas horizontales de colores ocre y negro, señales inequívocas de preparación para la batalla, cruzaban sus mejillas. En el rostro desafiante, salpicado de cicatrices cosechadas en batallas contra las tribus de los shoshone, los crow y contra el invasor de rostro pálido, se reflejaba la mirada del animal salvaje que se resiste a ser domado y da sus últimas embestidas antes de la sumisión final.

Imagen: http://amerindiens.fr
De pie sobre lo alto del promontorio, observaba impasible los cuerpos inertes de todos aquellos hermanos que habían caído combatiendo, aunque no por conseguir riquezas ni tierras, ni en el nombre de ningún dios ni por la ambición de convertirse en leyenda. Simplemente habían sacrificado su vida por defender lo que para ellos era lo más sagrado, como la rama brillante de un pino, la penumbra del denso bosque o cada miembro de sus respectivas familias. Habían entregado su existencia a costa de no doblegarse bajo el yugo del codicioso invasor.

Barrió con la mirada la vasta pradera que estaba sirviendo como campo de batalla. Cientos de sioux yacían por todas partes. Apenas un pequeño reducto de bravos guerreros seguía combatiendo. El resto habían perecido, estaban malheridos o habían sido hecho prisioneros previa rendición.

Cabizbajo, cerró sus ojos y permaneció así durante un instante, sabiéndose derrotado. Fue solo un segundo, en el que todas sus esperanzas y anhelos se desvanecieron como una estrella fugaz.

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martes, 25 de enero de 2011

El día en el que los relojes se pararon - El desenlace -

Viene de:
"El día en el que los relojes se pararon",
"El día en el que los relojes se pararon (2ª Parte)",
"El día en el que los relojes se pararon (3ª Parte)" y
"El día en el que los relojes se pararon (4ª Parte)".

A medida que se aproximaba a la ciudad, el paisaje iba cambiando progresivamente. El terreno presentaba síntomas de devastación. La gran mayoría de árboles habían sido arrancados como si un huracán los hubiese arrasado a su paso. Sólo habían resistido los más gruesos, que aparecían retorcidos salvajemente, con parte de sus raíces al descubierto. Las casas que habían dispersadas a lo largo del camino estaban semiderruidas y sus habitantes permanecían en el exterior, la mayoría con heridas y contusiones. El aire y la temperatura comenzaban a ser sofocantes, por lo que decidió entrar en una de aquellas viviendas para refrescarse. Apoyados en el quicio de la puerta había un matrimonio anciano que contemplaba con tristeza e incredulidad su jardín destrozado. Yoshiro inclinó su cabeza y saludó.

-Buenos días, aunque no lo parezcan. ¿Podrían ofrecerme un poco de agua?
-Aciago día nos aguarda, me temo. Mujer, sácale un vaso, por favor. Pero permítame que le pregunte hacia donde se dirige.
-Mis pasos me llevan hacia la gran ciudad. Quisiera reunirme con unos parientes para comprobar que se encuentran bien. Aunque a medida que me aproximo, mis esperanzas se ven reducidas.

La anciana le dio un vaso de agua recién sacada del pozo que sorbió de un solo trago.
-Permita que le ofrezca un odre con agua para el camino y que rece una plegaria a los dioses para desearle toda la suerte del mundo en su cometido. Me temo que la va a necesitar.
Tras inclinar de nuevo su cabeza en un gesto de profunda gratitud, regresó al camino. No había tiempo que perder y lo sabía. El sabor de la desesperación se hacía sentir cada vez con más intensidad en su paladar.

La atmósfera se iba haciendo más irrespirable con cada paso que daba. El aire estaba muy enrarecido, cargado de un olor a muerte y destrucción. Tras dos horas de un penoso caminar, las afueras aparecían ya a la vista. Se detuvo para poder coger fuerzas y contempló lo que parecía un paisaje sacado de la peor de las pesadillas que la mente humana fuera capaz de asimilar. Toda edificación había quedado totalmente reducida a escombros, así como no había vestigio alguno de vida humana hasta donde alcanzaban sus atónitos ojos. Apesadumbrado, apoyó sus manos sobre las rodillas y agachó la cabeza, respirando con gran dificultad. Después de incorporarse de nuevo, tomó el odre y echó un largo trago para poder hidratar su fatigado cuerpo. Un viento cálido y pesado acariciaba su cara en débiles ráfagas.
Le pareció oir unos gemidos similares a los sollozos de un niño que provenían del norte, por lo que echó a andar caminando sobre las ruinas de lo que había sido hasta no hacía mucho la entrada a la ciudad. Conforme se adentraba en el interior de la misma, comenzó a ser testigo de la barbarie que allí había tenido lugar. Había cientos de cuerpos decapitados, a los que en algunas ocasiones les faltaban las extremidades, esparcidos aquí y allá. Los cadáveres cubrían cada rincón como una macabra alfombra confeccionada a base de trozos de personas. Pensó que si el infierno existía debía de ser muy parecido a aquello. Algunos supervivientes, la mayoría en estado de shock, vagaban de un lado a otro sin rumbo, como zombies con las ropas chamuscadas y la mirada totalmente perdida en los ojos. Otros, más enteros, intentaban, entre los escombros, rescatar con vida algún cuerpo que todavía emitía leves quejidos. 
Al ir a cruzar el puente del río Ota, un espectáculo sobrecogedor lo dejó inmovilizado. Bajando desde el norte río abajo, más de un centenar de cuerpos de hombres y mujeres de todas las edades, flotaban en las rojas aguas que hasta no hacía mucho habían sido limpias y azules. Su estómago no pudo contener la repugnancia que le provocaba la escena y, aunque hizo el ademán de taparse la boca, el vómito salió despedido violentamente por su nariz.
 
-¡Misako!¡Misako!

Los gritos no obtuvieron respuesta alguna, aunque de poco le hubiera servido. Seiko no podía oir ni tan siquiera su propia voz. En lugar de eso, un leve zumbido similar al que emiten las abejas sonaba dentro de sus oídos. Intentó ponerse en pie, pero sus piernas estaban inmovilizadas por  grandes cascotes de hormigón. Un fuerte dolor de cabeza atenazaba todos sus movimientos. Abrió los ojos pero lo único que pudo ver fue la oscuridad más absoluta. Una terrible sensación de sed abrasaba su garganta de forma salvaje. Al pasar su lengua sobre sus labios sintió el amargo sabor del polvo. 

Seiko pensó en su madre, que en las frías noches de invierno entraba en la habitación, la arropaba y aún le leía un cuento cuando no podía conciliar el sueño. Pensó también en  su padre, regresando cada tarde y dándole un enorme abrazo, acompañado de varios achuchones y en sus dos hermanos, con los cuales reñía constantemente, ya que, al ser varones, la trataban de forma machista, aunque también era cierto que la protegían de cualquier posible amenaza del resto de compañeros de la escuela. Los echó a todos de menos irremediablemente, mientras pequeñas lágrimas resbalaban por sus mejillas y se mezclaban con el polvo acumulado en ellas.

Le pareció que había transcurrido una eternidad cuando oyó unas voces sobre su cabeza. El zumbido había cesado. La puerta del refugio se abrió, dando paso a una luz espectral. Tras ella, dos sombras irreales se recortaban bajando las escaleras. Una de ellas llevaba una pequeña antorcha. Al ver que Seiko agitaba los brazos, la señaló y rápidamente ambas se dirigieron hacia donde estaba atrapada.
 
La verja del cementerio se abre lentamente empujada por la mano temblorosa de una anciana que atraviesa con paso firme el camposanto en dirección a la tumba de sus padres, víctimas de la bomba atómica junto a otras 140000 personas. Sus menudos pies la detienen unos metros antes, delante de una inscripción que reza:

YOSHIRO MIYAZAKI-AIKO MIFUNE
     (1916-1985)                  (1920-1990)

Mientras deposita sobre ella con delicadeza un crisantemo, una lágrima brota de su arrugado y pálido rostro en el que aún se refleja la gratitud y el amor de una sobrina por sus tíos, que la rescataron del infierno y la acogieron en su hogar aquel día en el que los relojes de Hiroshima se detuvieron.
Óscar Morcillo

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lunes, 24 de enero de 2011

"El día en el que los relojes se pararon (4ª Parte)

Viene de:
"El día en el que los relojes se pararon",
"El día en el que los relojes se pararon (2ª Parte)" y
"El día en el que los relojes se pararon (3ª Parte)".


Paul W. Tibbets comprobó la posición de la aeronave, dio orden mediante el micrófono situado en el cuadro de mandos de que todos los miembros de su tripulación permanecieran en sus puestos atentos a la posible sacudida que pudiera provocar la onda expansiva, miró de soslayo a su copiloto y, tras levantar la cápsula de plástico que protegía el botón de eyección, pulsó su dedo índice sobre él.

En ese instante notó una sensación escalofriante mezcla de alivio e inquietud que recorrió su espina dorsal en cortas oleadas.

Yoshiro, el pescador, se encontraba conversando animadamente con la señora Hiroko sobre el precio del regaliz y de cómo este había variado en los últimos meses a causa de su escasez. Los tiempos eran difíciles para el comercio en general, pues la guerra estaba causando estragos en la distribución de muchos artículos, sobre todo los que no eran de primera necesidad. 

Las dos hijas mascaban con avidez su golosina preferida cuando, en ese momento, percibieron algo similar al sonido de una gran y lejana explosión, que hizo que, poco a poco, los baldes de las estanterías se movieran, y algunos frascos de cristal que contenían caramelos cayeran con bastante estrépito, por lo que las pequeñas se agarraron con fuerza a las piernas de su padre, que instintivamente se apoyó en el viejo mostrador, asiéndolo con ambas manos. 

El terremoto apenas se dejó sentir durante unos breves instantes y por fortuna su intensidad no fue demasiado virulenta.

Cuando el temblor hubo pasado y con el susto metido en el cuerpo,  todos los habitantes de la aldea salieron a la calle. Con rostros incrédulos señalaban en dirección a la gran ciudad. Nadie daba crédito a la irreal escena que estaban contemplando. Los ancianos se lamentaban amargamente mientras en voz baja imploraban piedad a las deidades de sus antepasados. Los más jóvenes, atónitos, presenciaban la imagen con aterrada fascinación, incapaces de articular palabra alguna. Todos ellos, en pleno shock emocional, intentaban asimilar una visión que iba a quedar grabada en su retina durante toda la vida. Unos kilómetros en dirección noreste, un gigantesco hongo de color gris ceniza surgía de la tierra y se elevaba varios cientos de metros en el mismo lugar donde antes se erguía la ciudad. Yoshiro parpadeó  repetidas ocasiones, sin creer lo que sus ojos le mostraban. Jamás había visto nada parecido.

Un fuerte y repentino viento surgido de la nada les azotó, tan ardiente que instintivamente se taparon la boca y la nariz con las manos. Permanecieron así durante algunos minutos hasta que poco a poco cesó y el aire comenzó a ser más respirable de nuevo.

Yoshiro preguntó a sus hijas si estaban bien, las abrazó con fuerza y, tras tomarlas en brazos, dejó atrás la aldea en dirección a casa. Un terrible presentimiento había brotado en su interior y lo comenzaba a atormentar, una idea tan horrible como lo que había presenciado, una certeza que iba tomando forma inexorablemente. 

Su mujer estaba en la puerta. Su cara tenía una expresión de horror contenido, sus manos temblaban a pesar de que la temperatura se había elevado bastante desde la explosión. Yoshiro ni siquiera vio los desperfectos que había sufrido la vivienda. Se limitó a dejar a las niñas con su esposa y sin echar la vista atrás, tomó la senda que conducía hasta el camino que llevaba a la ciudad.

-¡Yoshiro, vuelve! ¿A dónde vas? ¡No me dejes sola!

Continuó gritando pero él ya no oía nada. Echó a correr de forma deslavazada, alentado por una pequeña esperanza, aferrándose ciegamente a ella para poder cubrir los casi catorce kilómetros que le separaban de su lugar de destino.

En su desenfrenada carrera fue dejando atrás campos de trigo, los mismos campos donde siendo niño jugaba al escondite junto a su hermano Akira en la frondosidad de un bosque de espigas. Campos que él ayudó a cultivar años después cuando era adolescente y en los que se citaba secretamente al ocaso del día con la que acabaría siendo su esposa.

Miles de pensamientos cruzaron por su mente. El verano en el que, con nueve años, descubrió lo que era el amor personificado en aquella carita de muñeca que veía cruzar cada mañana por el camino que bordeaba los campos. O cuando recibió la noticia de la muerte de su abuela materna mientras recogía afanosamente la cosecha de junio. O su primera y desastrosa experiencia sexual bajo la sombra de la encina aquella calurosa tarde de primavera el día que cumplía los diecinueve. Y sobre todos ellos había uno que guardaba en un lugar preferente de su memoria: cuando en aquel trigal dorado pidió matrimonio a Aiko.

... y mañana el desenlace.
Óscar Morcillo

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domingo, 23 de enero de 2011

El día en el que los relojes se pararon (3ª Parte)

Viene de:
"El día en el que los relojes se pararon" y
"El día en el que los relojes se pararon (2ª Parte)".


En ese instante, no lejos de allí, los niños del barrio situado a las afueras de la ciudad entraban en la escuela a su hora habitual y Seiko, como casi todos los días, acababa de llegar al comienzo de la calle principal, en cuyo final se encontraba el edificio adonde acudía cada mañana para dar sus lecciones de enseñanza básica. Siempre era de las más rezagadas debido a la afición que tenía a remolonear en la cama, por lo que su madre le había puesto el cariñoso mote de “chisana mamotto” que quería decir “pequeña marmota”. Esa mañana había salido de casa con tanta prisa que no se había despedido de nadie. Cogió su almuerzo y sus libros y echó a andar tan rápido como sus piernas se lo permitieron.

Llegando al colegio, un sonido que le era tristemente familiar la dejó inmóvil. Algunas sirenas anunciando el inminente peligro sonaron en el instante en que se aproximaba a la verja de la entrada. De repente, notó como una mano la cogía a la altura del codo apretándole con fuerza y sintió como era arrastrada en dirección contraria. Volvió la vista, reconociendo inmediatamente a su amiga Misako y en su rostro vio reflejada la preocupación.

-Dicen que esta vez son pocos aviones pero que por precaución debemos resguardarnos.

Seiko asintió, tomó su mano y apretaron la marcha en dirección al refugio más cercano, que se encontraba a unas dos manzanas de allí. Desde hacía unos días, las incursiones de la aviación norteamericana se habían convertido en algo tan cotidiano como ir al trabajo. 

La gente corría en todas direcciones de forma desordenada, poseídos por el miedo y la angustia. Una madre de aspecto robusto con su bebé en brazos, arrastraba como podía a otros dos niños que se agarraban fuertemente de su kimono azul mientras gritaba un nombre, supuestamente de su marido. Un anciano esbelto y de peno canoso caminaba con gran esfuerzo aunque con paso firme apoyado en su bastón.  Por la calzada ya solo circulaban personas. Los vehículos habían sido abandonados con las puertas abiertas y en el suelo yacían bicicletas esparcidas por todas partes.

Al intentar empujar la puerta metálica comprobaron con horror que ésta no cedía, por lo que, desconcertadas, decidieron golpear con los puños. Una distorsionada voz resonó en el interior.

-Este refugio está lleno, tendréis que buscar otro.
-¡Señor, por favor, déjenos entrar, sólo somos dos niñas!-sollozó Seiko.

Durante unos segundos que parecieron una eternidad, aguardaron la respuesta, con el hipnótico y aterrador sonido de las alarmas rugiendo a su alrededor. Comenzó a sollozar sin consuelo y, finalmente un sonido de cerrojos abriéndose la devolvió de nuevo a la realidad.

Entraron sin vacilar, bajando la escalera que conducía a la parte más profunda del refugio. Detrás de ellas se cerró la puerta, dejando atrás el caos y dando paso a una quietud absoluta. Al bajar el último escalón, decenas de temerosos ojos las miraron con una calma tensa. Las paredes estaban recubiertas de ladrillo rojo y los techos rematados por una capa de cemento. Una hilera de bombillas, algunas de ellas fundidas, alumbraban aquel húmedo y frío corredor, que a su vez desembocaba en una especie de enorme sala abovedada de forma rectangular. La gente se agolpaba, algunos en cuclillas, otros sentados,  a lo largo de la angosta galería, que debía medir unos cincuenta metros. Arriba todavía se podían oir los lloros apagados de un niño y también los gritos de auxilio de un desvalido, abandonados a su suerte. Las dos amigas se acurrucaron en un rincón sin separar sus manos, limitándose a esperar.

Entonces las sirenas cesaron de súbito. El tiempo se ralentizó y el único sonido que se podía oir en aquella sala era el latido de sus corazones. La mayoría echó la vista hacia el suelo, implorando mediante una silenciosa plegaria que el peligro se alejara o, si por el contrario el destino les deparaba algo negativo, que todo ocurriera lo más rápido posible. 

Seiko se puso a recordar canciones infantiles para alejar los pensamientos horribles de su mente y así se lo aconsejó a su amiga Misako, cuchicheándole al oído.

-Mi madre dice que cuando la tristeza o el temor nos invade, debemos recordar algún momento agradable para recuperar la calma.

Fue entonces cuando los relojes se pararon.

Continuará...
Óscar Morcillo



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sábado, 22 de enero de 2011

El día en el que los relojes se pararon (2ª Parte)

Viene de "El día en el que los relojes se pararon":


Paul pilotaba el bombardero B-29, una auténtica fortaleza voladora en aquellos tiempos que contaba con una preparada tripulación de ocho miembros. Mascaba chicle con nerviosismo, al tiempo que ojeaba sin descanso el cuadro de instrumentos del panel de control. La madrugada estaba siendo desapacible. La lluvia que estaba cayendo podía dificultar el objetivo de aquel vuelo, aunque confiaban en el pronóstico que daba el parte meteorológico, el cual predecía tiempo despejado en cuanto amaneciese. Comprobó que la altitud, velocidad y rumbo eran los adecuados y, presionando su entrecejo con los dedos índice y pulgar, dejó al mando a su copiloto.

-Creo que voy a por un poco de café. Desde anoche no he tomado nada, ni siquiera antes del despegue. No tenía buen cuerpo.
-Si no le importa tráigame un poco, señor.

Dejó la gorra sobre el asiento y se colocó la chaqueta de cuero marrón con insignias militares en los hombros. Su mente no paraba de dar vueltas sobre la misión que les habían asignado. Se preguntaba si tendrían éxito o si por el contrario el enemigo habría obtenido información secreta y serían derribados antes de alcanzar su objetivo. Si en el caso de culminar la misión todo aquello serviría realmente para finalizar la guerra o tan solo sería un punto y aparte en la escalada bélica del Pacífico. Una voz interior surgió intentando poner en orden todos estos pensamientos, una voz que afirmaba que él tan solo era un soldado al que habían encomendado aquel asunto y que un gran número de vidas de compatriotas suyos dependían de su culminación. 

También era consciente de que el éxito o el fracaso de la misión dependía en gran medida de la actitud que mostrara ante sus hombres, por lo que debía permanecer sereno y firme en todas sus acciones hasta que regresaran a la base.

Abrió la portezuela que separaba la cabina del resto del avión y se dirigió hacia un habitáculo que se había acondicionado como comedor. Un cabo, destinado en el puesto de ametralladora que se encontraba en ese momento de descanso, se levantó, haciéndole el saludo militar y a continuación le ofreció una galleta y un café.

-Gracias, señor Scott. 

Tomaron asiento uno al lado del otro, en una hilera de sillas plegables distribuidas a lo largo del extremo de babor. Paul dio un pequeño sorbo. El ruido del motor era ensordecedor y, al contrario que en la cabina, debían alzar la voz para poder oirse el uno al otro.
-En un par de horas habrá acabado todo.
-¿Así lo cree, señor?
-No tengo la más mínima duda de que el enemigo se rendirá. Lo contrario sería de locos.
-¿No es de la opinión de que este es un país de orgullosos y lunáticos guerreros?

-Más bien soy de la opinión de que a pesar de su glorioso pasado imperial, la evidencia de que esta es una guerra de la cual no pueden salir victoriosos les obligará a reconsiderar muy seriamente sus opciones.
-Ojalá no se equivoque, señor. 

Paul masculló una frase ininteligible y apuró su tentempié. La hora de la verdad se acercaba y todos ellos lo sabían, aunque no eran conscientes ni quizá lo fueron nunca de las terribles consecuencias que su acción iba a acarrear para decenas de miles de personas. Y no lo eran porque habían sido instruidos en una doctrina, la militar, en la que se proclamaba que todo soldado luchaba en el nombre de la verdad para destruir al enemigo de su país y de su dios, y en la que todo aquel que se cuestionara esta verdad suprema era considerado un traidor y perseguido como otro enemigo más.

Unas ligeras turbulencias sacudieron el avión. Paul se alzó tambaleante y, ayudándose de las cuerdas entrelazadas que había colgadas de la pared, se encaminó de regreso a la cabina resuelto a cumplir su cita con el destino.

Continuará...
Óscar Morcillo



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